ACCÉSIT EN EL CERTÁMEN CULTURAL «CASA DE LEÓN EN LA CORUÑA 2025»
A la sombra del moral
Al doblar la curva del teso, Roberto vio la torre de la iglesia. Cruzó la Raya y recorrió aquella recta que antes se le antojaba infinita y ahora, en coche, se hacía en apenas tres minutos. El antiguo cartel con el nombre del pueblo sobre el que de muchachos hacían blanco con las escopetas de perdigón, ya no estaba, había uno nuevo con un diseño muy moderno y el nombre de la comunidad, la comarca y el pueblo.
A ambos lados de la carretera fueron quedando las primeras casas. A medida que las iba dejando atrás, Roberto las asociaba a sus recuerdos: «Ahí vivía Juanito, ¡vaya golfo que era! Menuda se armó la noche que soltó de la cuadra los caballos del tío Patricio. Se escaparon y hubo que ir a buscarlos al pueblo de al lado. El alcalde los había metido en el corral del concejo, y Patricio dijo que él no pagaba la multa; al final, la tuvo que pagar el padre de Juanito. Al muchacho le pegó una zurra que no pudo sentarse en una semana. En esa otra vivía Maribel, la hermana de Jerónimo. Fue la chica con la que empecé a bailar. La verdad es que tuvo aguante, ¡yo qué sé las veces que la pisaría!, con lo que me costó aprender a bailar».
Llegó a la plaza de la iglesia. Estaba vacía. Al lado del templo estaba la casa rectoral. Roberto recordó la noche que estaban jugando en la plaza y vino la tía Bernarda, llamó a la puerta y doña Asunción, el ama del cura, salió por la ventana del piso de arriba a preguntar qué pasaba. La Bernarda le dijo que Martín, el del Comercio, estaba en las últimas: Velis nolis, como ella decía, y que, aunque no sabía muy bien qué significaba, empleaba para casi todo. Doña Asunción se giró, habló con alguien y, asomándose de nuevo por la ventana, dijo: «Ya va don Miguel». Don Miguel era el cura párroco, y todo el pueblo sabía que Asunción y él se querían y llevaban muchos años compartiendo cama. La maestra, que era una beata, en una ocasión le escribió una carta al obispo y a don Miguel lo llamaron a capítulo. Pero la cosa se quedó en nada, porque el obispo y Miguel habían estado juntos en el seminario, y, además de haber compartido algunas trastadas, se querían bien. Ahora la casa rectoral estaba vacía. Ya no había cura en el pueblo. Cada tres domingos venía uno que llevaba ocho o nueve parroquias, y cuando no podía venir una monja daba «la Palabra».
Frente al atrio estaba el moral, que al principio de cada verano lo ponía todo perdido de moras. Roberto se había llevado muchas broncas por mancharse los pantalones de domingo al sentarse sobre los poyos de piedra que había bajo el árbol. Un año se desgajó una rama en un día de ventolera y le cayó encima al perro del tío Pedro; quedó muy malherido, y, aunque llamaron al veterinario, no se pudo hacer nada. Pedro lo sintió mucho porque el perro era muy fino para la caza.
Roberto salió de la carretera y detuvo el coche. Se bajó y se acercó a la fuente que había en mitad de la plaza. Ahora tenía un sistema automático: se pulsaba un botón y salía un chorro de agua durante cinco segundos. Él recordaba la gran rueda de metal con la que hacían girar los cangilones que llenaban de agua el caño. A menudo competían a ver quién conseguía girarla con más fuerza y sacar el chorro de agua más grande. Siempre ganaba Agustín, un mocetón que con catorce años medía más de uno noventa y pesaba ochenta kilos. Braulio, el alcalde, se cabreaba porque decía que desperdiciaban el agua. Cuando los veía en la fuente, cogía una vara y se liaba a varazos con ellos gritando: « ¡Coño de muchachos!». Braulio había sido siempre el alcalde. Las gentes del pueblo nunca habían sentido la necesidad de cambiar: estaba bien así.
Salió de la plaza y se acercó a la taberna de Quico. Un cartel colocado encima de la puerta ponía El Refugio de los Cazadores, pero la verdad es que los pocos que quedaban en el pueblo la seguían llamando «la taberna de Quico». Un día vino un forastero y le preguntó al tío Gabriel, que estaba sentado en un banco de la plaza, por el bar El Refugio, y Gabriel le dijo que en el pueblo no había ningún bar con ese nombre, que sería en el otro pueblo, el que quedaba junto al río.
Cuando Roberto entró en el bar no había casi nadie. Manuel, el tabernero, estaba colgando de nuevo en la pared un calendario que se había caído. Al sentir el ruido de la puerta se volvió y lo miró con curiosidad:
— ¡Coño!, pero si es el Roberto.
— ¿Qué tal Manuel? ¿Cómo va la parroquia? —saludó Roberto.
—Floja, galán, floja. Aquí quedamos cuatro viejos esperando que nos llegue la hora de rendir cuentas.
—Has cambiado mucho esto.
—Pues, ni con esas. Casi cien mil duros me gasté hace dos años, total pa na. Esto está muerto, Roberto.
En una mesa, tres hombres mayores jugaban a las cartas. Manuel se dirigió a uno de ellos desde detrás de la barra:
—Antonio ¿pero no conoce usté a éste? Es Roberto, el de Carmen, la de las Aceñas.
Roberto se acercó a la mesa y extendió la mano mientras sonreía. Antonio hizo ademán de levantarse, pero Roberto le puso la otra mano en el hombro para impedírselo.
—¡Ay galán!, es que estás mu cambiao. Cualquiera te conoce. Me recuerdo el día que naciste. Tu padre y yo andábamos en la dehesa de Estacas, cortando leña de unos encinos; vino el mayoral y le dijo: «Andrés, váyase usté para casa que la Carmen ha parido. Don Miguel, el cura, ha llamado por teléfono a la Señora hace un momento». Y tu padre salió triscando y se plantó en el pueblo en dos horas, y eso que había casi catorce kilómetros.
Los otros dos jugadores no eran del pueblo. Hacía dos años que se había abierto una residencia para mayores y vino gente de otros pueblos de alrededor, y los que estaban bien salían a jugar la partida y a tomarse un chato de vino.
Roberto se tomó una cerveza, pagó y se despidió. Al salir a la calle lo golpeó con fuerza el calor: ya empezaba a apretar. Puso el coche a la sombra en los soportales del ayuntamiento y se fue caminado hacia la que había sido su casa. No encontró ni un alma durante el trayecto. Al pasar por delante de la casa de Gonzalo le pareció ver a alguien mirando desde detrás de las cortinas, pero se apartó y él continuó su camino.
La vieja puerta de hierro, pintada de verde, estaba descolorida. Cuando Roberto levantó la aldaba y la empujó, los goznes chirriaron. En otro tiempo, los perros al oír aquél ruido se habrían puesto a ladrar advirtiendo a los moradores de la casa de que alguien ajeno llegaba. El corral estaba vacío: no había gallinas picoteando en el muladar, ni se oían los cencerros que las vacas movían al rumiar en las tenadas. Roberto se acercó a la puerta e, instintivamente, levantó la mano hacia la viga del techo donde siempre se dejaba la llave. Todos los de la casa sabían que estaba allí, aunque eran pocas las ocasiones en la que la casa se quedaba sola, la misa de los domingos y alguna celebración a la que asistiera toda la familia. Pero la llave ya no estaba en su agujero. De pronto, una mujer lo llamó de lejos, desde la calle:
— ¿Oiga, a quién busca? Ahí ya no vive nadie.
A Roberto le pareció reconocer la voz de Hilaria.
— ¿Hilaria, es usted? Soy Roberto, el hijo de Carmen.
— ¡Bendito sea Dios! ¡Hijo mío!, Roberto, pero cómo te iba a conocer. Pero que majo estás. Dame un beso, hijo, dame un beso.
Hilaria y su madre habían sido buenas amigas cuando eran jóvenes. Era de las pocas personas que quedaba en la parte de abajo del pueblo, en el barrio la Canal. Hilaria nunca se había casado. Tuvo un novio que, como ella decía, «la hizo promesa», pero luego se fue al Servicio y si te he visto no me acuerdo; se casó con una de la capital. El primer año que la trajo al pueblo, en fiestas, Hilaria le dijo a Carmen: «Pues pa haberse casao con esa mierda no hacía falta irse a Madrid».
—Hijo, vente a casa. Aún me queda un pisquito de chorizo de la matanza de este año y algo de vino pa pasarlo.
—Gracias Hilaria, pero no puedo. Tengo que regresar esta misma tarde a Madrid. De verdad que se lo agradezco mucho.
— ¡Ay!, hijo mío, qué pena lo de tu madre. Con lo que ella trabajó toda su vida y luego verse así, sola, que no lo digo por tu hermana, que bien que la quería; pero aquel hombre la maleó y luego, mira.
—Es la vida, Hilaria —dijo Roberto.
—Sí, hijo, sí; la vida. Yo solo le pido ya al Señor que me lleve pronto de este valle de lágrimas.
— ¿Pero qué dice Hilaria? Si está usted estupenda. Este año, en la fiesta, vengo y bailamos juntos la jota.
— Sí, sí, la jota. Pero que zalamero eres. ¡Ay!, cuantas veces se lo dije yo a la Maribel: si dejas escapar a ese muchacho es que estás atontá. No hay otro más listo en el pueblo. Y luego, mira, acabó con ése, que no es que sea mala persona, pero es forastero, y, a mayores, no lo vas a comparar con un partido como tú.
Roberto se despidió de Hilaria, cruzó de nuevo el corral y salió a la era por la puerta pequeña de la tenada. Ahora estaba vacía. Recordó los haces de trigo, apilados en montones, esperando a ser desgarrados por la hoz para que los trillos los fueran triturando poco a poco durante las interminables jornadas del verano. A la una sonaba la campana de la iglesia y el pueblo entero se detenía a comer. El alto no duraba mucho, había que aprovechar las horas de más calor en las que la paja quebraba bien. Su madre dormía una siesta de apenas diez minutos, y luego se colocaba de nuevo el amplio sombrero de paja y volvía al trillo. A ella le gustaba escuchar la novela por la radio, así que cuando empezaba, él se iba a la era y le decía: «Madre, deje, que ya me pongo yo; váyase usté a descansar un ratito».
Cerró de nuevo la cancela y dejó caer la aldaba. No había nada más que ver. Allí no quedaba ya otra cosa que los recuerdos de su infancia y adolescencia. Cuando regresaba a la plaza se detuvo en la pared del huerto de Val de Moracinos. En él besó por primera vez a Maribel. La acompañó a casa al salir del baile, y al pasar por el huerto se apartaron del camino y se sentaron debajo del emparrado; ella cogió su mano y se la le puso sobre el corazón. Él se puso nerviosísimo, y la besó torpemente. Luego, la vida los llevó a cada uno por un lado. Ella se hizo enfermera y se fue a trabajar a Bilbao. Alguna vez se habían visto en el pueblo, pero de lejos, sin hablarse. Un año, en las fiestas, a Roberto lo cogió la vaquilla; le dio un topetazo y le abrió una brecha en la cabeza. Maribel estaba en uno de los carros con los que se hacía la plaza. Lo llevaron a la escuela y Maribel fue por si podía ayudar. El médico que contrataban estaba aviando a otro mozo, así que ella le limpió la herida y le dio unos cuantos puntos de sutura. No se dijeron ni una palabra, pero, al terminar, Roberto le cogió la mano y se la apretó con fuerza, como cuando bailaban de adolescentes. El momento fue mágico, pero Manuel, el de la taberna, se lo cargó: «Con esta te tenías que haber casao, ¡animal!, mírala lo bien que cose».
El sol caía inclemente y en la plaza seguía sin haber ni un alma. Un perro estaba tirado en mitad de la carretera, a la sombra del moral. Roberto abrió la puerta del coche y esperó unos minutos a que se refrescara un poco. Cuando enfiló de nuevo la carretera se tuvo que detener para que se apartara el perro. El animal se levantó muy despacio, con desgana, pero Roberto no quiso tocar el claxon, esperó a que se apartara y luego continuó. Después, por el espejo retrovisor, vio como el perro volvía a ocupar el mismo lugar. Sin duda sabía que tardaría bastante rato en pasar otro coche.
—Fin—
2 respuestas
Da gusto leer este relato corto: Antonio Luis Vicente Canela, escritor de dos nombres y dos apellidos, tiene una prosa muy limpia, aunque más que un relato corto parece el principio de uno más largo o de una novela. Pide seguir, continuar leyendo, porque la lectura fluye, se desliza ligera y a la vez profunda, como el tiempo. Porque el tiempo es el gran protagonista. Es una escritura austera, natural, sin artificios, pero precisa. Cuenta, casi retrata con tres pinceladas el recuerdo de cómo era la vida del protagonista y de las gentes de su pueblo, de aquel pequeño mundo que estaba vivo y agoniza, se van borrando las huellas clavadas en la memoria como los perdigones en el viejo cartel. Los diálogos son naturales, y en menos de diez escenas consigue que observemos el paso del tiempo en el pueblo natal del protagonista. En ocho líneas consigue contarnos una historia de amor y desamor, de lo que podría haber sido y no fue, y la vida del pueblo, lo que era y lo que ya no es. De todos modos, para mí, la preferida es la última escena, la del perro, en su sencillez me parece una maravilla.
muy buen articulo