Yo llevaba todavía pantalones cortos y unas medias que me llegaban hasta las rodillas, aunque normalmente estaban siempre hechas un gurruño en los tobillos. Era el principio de los años sesenta, e íbamos a clase hasta el sábado al mediodía, pero ya se comenzaba a hablar de que era inevitable la llegada de la Semana Inglesa. Para nosotros lo único interesante del asunto era no tener que ir a clase los sábados, lo de las reivindicaciones laborales nos quedaba todavía muy lejos, máxime teniendo en cuenta que la mayoría de nuestros padres trabajaban en la Fábrica a tres turnos, por lo que su descanso semanal era cualquier día de la semana, y que nuestras madres trabajaban veinticuatro horas siete días a la semana, aunque entonces no lo supiéramos todavía.
Ahora se ha puesto sobre la mesa implementar una nueva “Semana” de cuatro días laborables, y los expertos económicos, en su “expertitud”, dicen que eso no va a salir bien. Pero la verdad es que da lo mismo lo que digan, porque no es tanto un asunto económico como social. Por supuesto que cada vez se trabajará menos horas a la semana. ¡Ojo!: trabajo remunerado; pero eso no quiere decir que el resto del tiempo podamos dedicarlo a holgazanear; pasaremos a hacer (gratis) tareas por las que antes otra persona cobraba. Solo hay que pensar en la cantidad de gestiones de todo tipo que realizamos ahora desde casa a través de cualquiera de los terminales digitales que poseemos.
Al mismo tiempo, el volumen de trabajo remunerado se irá incrementando con cosas que antes no lo estaban. El ejemplo más palmario fue la incorporación de la mujer al trabajo, insisto: remunerado. La práctica totalidad de lo que se denominaban genéricamente tareas domésticas, y que se reflejaban en el DNI con aquella cursilada de “sus labores”, hoy llenan (me he pasado) los bolsillos de muchas personas, a las que se paga por hacer lo que madres, hermanas y abuelas hacían sin ver ni un duro.
Y es que, aunque pueda parecernos exagerado, la capacidad que tiene la sociedad para generar nuevas tareas es ilimitada, porque incide no solo sobre las necesidades objetivas (las fisiológicas) que sustentan la clásica pirámide de Maslow, si no sobre las subjetivas, que ya no resultan medibles tan fácilmente. Por relacionar la base con el vértice, digamos que podemos, por ejemplo, determinar cuando una persona está bien alimentada, que número de calorías debe ingerir para gozar de buena salud, cuantas horas debe descansar etc., pero establecer parámetros que nos digan cuando se siente realizada…es harina de otro costal. Son las necesidades que se establecen en los niveles superiores de la pirámide, las que nos sitúan ante un horizonte sin límites a la hora de generar tareas. Otra cosa es cómo se determine cuáles de esas tareas pasan a ser trabajo remunerado, y cuáles no.
Así que no nos vengamos abajo; pensemos que nuestro tiempo libre será una nueva fuente de ingresos para muchos otros sectores. Podremos ir más al gimnasio (al de pago, claro); podremos aprender a tocar el ukelele; podremos hacer cursos de cocina y ¿quién sabe?, oye, ahí seguirá estando la enésima edición de Master Chef. Pero sobre todo pensemos que podremos enfrentarnos, con éxito, a la más vieja aspiración de un español contemporáneo; podremos ¡por fin! APRENDER INGLÉS.