¡DIOS SALVE AL REY!

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¡Dios salve al Rey!…porque como lo tenga que salvar el Gobierno.

En los ejércitos es costumbre zaherirse con bromas clásicas, entre los miembros de las distintas Armas: infantería, caballería, artillería e ingenieros; siempre desde una sana defensa de lo propio frente a lo ajeno. A la Artillería se la estigmatiza con un aforismo: “Líbranos Señor de la artillería enemiga, porque de la propia no nos libra ni Dios”. Es decir, que a veces es mejor que no nos defiendan.

La monarquía tiene goteras, y cuando vas a mirar resulta que es porque los que tienen que cuidar de “la casa” no han cambiado las tejas rotas; y hay que cambiarlas, porque no son eternas. Como dicen en Galicia “a lousa fendeu”. Y es que las monarquías ya no son lo que eran ¡qué va! De reyes omnipotentes designados por dios, pasaron a reyes constitucionales, que empezaron diciendo, ya saben, aquello de: “Vayamos todos juntos y yo el primero…” y luego el muy cabrón ni fue con todos, ni él se puso delante. Las monarquías deberían haber aprendido de la Iglesia católica, que, ahí la tienen, después de dos mil años no ha cedido un ápice en lo dogmático y encima es capaz a de sumar a Unidas Podemos a los ritos cuaresmales de no comer carne. Un crack.

Yo, en lo que concierne a las monarquías, soy más bien sabiniano. Del Sabina que canta ¡eh!, no del pirado. Y, ya lo dijo él: “Sin hijos bastardos no habría monarquías”. Porque, seamos sinceros, ¿dónde estaríamos hoy sin una Isabel II? ¡Si aquella cama era, más que un lecho de reposo, la fragua de Vulcano! Bendito capitán Puigmoltó y Mayans, que aportó genes nuevos a la endogámica monarquía borbónica. Claro que tampoco había muchas más posibilidades; desde luego no con el marido oficial, Francisco de Asís, del que la reina castiza dijo cuándo le dijeron con quien la casaban: “¿Con Paquita? ¡Con paquita no!

Y mientras tanto los pandémicos informativos sólo transmiten, día tras día, una idea que ronda cada vez con más frecuencia la mente del ciudadano: ¿hay alguien al timón? Hoy, un trabajador – pongamos un camionero – que atravesara la Península de punta a punta, no necesitaría, como la ardilla, árboles, sino una App de las buenas para saber, dependiendo de la comunidad autónoma, si puede bajarse del camión; tomar un café en la barra o en la mesa; juntarse con otros colegas de la carretera, con cuantos: 6 o 10; si debe llevar la mascarilla en la calle, en el camión…

Y los diputados a lo suyo. El Sr. Rufián, con una lógica de parvulito, dice: “Si los militares tienen que hacer de sanitarios, a lo mejor es que sobran militares y faltan sanitarios”. A ver, que yo al Sr. Rufián lo aprecio mucho. Que los charnegos han luchado muy duro para hacerse un hueco y entrar en el templo independentista, aunque en el fondo sigan sin dejarlos oficiar en Misa Mayor. Pero el enfoque no es ese Sr. Rufián. ¿Un militar puede hacer tareas sanitarias? Sí. ¿Un sanitario puede entrar en combate? No. Se llama versatilidad y las Fuerzas Armadas la tienen.

No me resisto a terminar con la España de pandereta. Un concejal del ayuntamiento de Valencia, fingiendo lo que no es, lo que no sabe, amparado como un pillo tras la mascarilla que hoy lo domina todo, se expresó en un académico inglés en, nada más y nada menos que el acto de presentación de Valencia para la candidatura de la ciudad a Capital Europea de la Innovación. Los escritores del Siglo de Oro habrían salivado con argumentos como este para escribir una novela picaresca. Y la respuesta oficial: ¡Bah!, una anécdota. Que pida perdón y arreglado. Porque, bien mirado, tampoco es para tanto. Poco durará la noticia en las cabeceras de los periódicos digitales. Irá bajando puestos y en unos días nadie se acordará del asunto. Sin embargo, en esos comportamientos está la clave del desprecio con que nos tratan en algunos países europeos. No podemos extrañarnos de que en una cultura en la que de pequeños se justifica copiar en un examen como una faltilla, algo venial, vamos, luego no nos avergüence falsificar una tesis doctoral. No pasa nada por no hablar inglés, no es obligatorio. Lo bochornoso es fingir que se habla cuando no es verdad. Este truco de guiñol de feria, da la medida de una parte de la clase política – afortunadamente no toda –; personas, no ya sin formación, eso es grave pero asumible dependiendo de las circunstancias, sino aparentando tenerla.

La grandeza de las personas sencillas está en que no necesitan de una pátina de purpurina para brillar.

 

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