El Debate

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Bueno, pues ya hubo debate. ¿O no? Yo les confieso que casi me quedé como estaba. Y es que para conocer las verdaderas intenciones de la gente no se puede poner al personal detrás de un atril y hacerle preguntas de las que ya trae, más o menos, preparadas las respuestas, o a las que no va a responder si no le conviene hacerlo, sobre todo teniendo en cuenta que después regirá un espacio de impunidad temporal para el que gane “el concurso”. Si de verdad quieren conocer las intenciones de los candidatos, pónganles ustedes mesa y mantel. Nada como comer juntos revelará de una forma inequívoca, los inconfesables propósitos de cada quien. Y es que la alimentación, como todos los actos que nos siguen recordando un estadio no superado del ser humano, refleja de una forma palmaria la condición humana.

Del conjunto de necesidades básicas que tenemos como bichos que respiran, solo la alimentación y el sexo son necesidades que podemos realizar en grupo. La segunda casi no se practica ya – una pena – pero al final se han impuesto razones prácticas que, todo hay que decirlo, han evitado muchos líos.

Los programas de animales de La 2 también pueden ayudar mucho en este asunto, ya que son muy ilustrativos, aunque deberían incluir capítulos sobre nuestros comportamientos como animales, verían ustedes que, en algunos casos, no somos tan diferentes de los que contemplamos a través de la pantalla de la tele.

Desde que  comenzamos a comernos entre todos lo recolectado o la pieza capturada hemos avanzado algo, aunque tampoco crean ustedes que demasiado. Así, la comensalidad – el acto de comer juntos- , es uno de los actos sociales más característicos de nuestra especie. La civilización ha evolucionado alrededor de esa comensalidad. Pocas manifestaciones de tipo sociocultural hay que no incluyan de una u otra forma, reunirse a comer alrededor de una mesa.

Cuando ya superamos el paleolítico y nos comenzamos a especializar, le fuimos añadiendo matices a esto de la comensalidad. Con el paso del tiempo inventamos, por ejemplo, las comidas de trabajo, solo para ejecutivos, eso sí, y que generalmente son un ardid para que la comida la pague la empresa, porque luego se acaba hablando de todo menos de trabajo. Es también una justificación para reunirse en carísimos restaurantes de los que se llega tarde a la reunión de las cinco porque “se ha prolongado la comida”; o sea: nos hemos pedido un segundo güisqui.  Los curritos, en cambio, comen trabajando. Ahora lo hacen en modernísimos espacios con muebles de diseño ergonómico, pero sin salir del edificio de la oficina, no vaya a ser que se enrollen en el bar de la esquina contándole lo cabrón que es su jefe al sufrido camarero, encima de un  taburete nada ergonómico  que le acabará jodiendo la espalda.

Pero volvamos a la comida de los candidatos. La elección del local es el primer punto importante, ya que implica establecer un acuerdo inicial. Aquí suele ayudar que alguno tenga primo/cuñado con restaurante y que diga eso de: – Nos tratará bien. Es un nepotismo generalmente admitido y no demasiado dañino, ya que no va mucho más allá de no cobrarle el café de media mañana cuando algún día se deje caer por allí; si hay pincho de tortilla y caña ya son palabras mayores.

El lugar que cada uno ocupe en la mesa será también relevante. Hay quien se sitúa en uno de los extremos y quien se coloca en la mitad de la mesa. Éste último sabe que en los platos compartidos se llega mejor desde el centro que desde los extremos, y sobre todo que desde el Centro, se puede picar, siempre con aire distraído, del plato de la Derecha y del de la Izquierda.

Cuando el camarero traiga la carta siempre habrá alguno que propondrá tomar el menú: – Oye está muy bien el menú; y otro que dirá: -Yo creo que mejor algo para compartir y luego cada uno que se pida lo que quiera? La tercera vía es la olla común en cualquiera de sus variantes: cocidos o paellas. El promotor de la tercera vía es el que aspira a partir y repartir, y cuando llegue el guiso eliminará la función que, – como decía Keynes –  da sentido al trabajo del camarero, con un: – Déjenosla aquí, que ya nos ponemos nosotros; ese nosotros es harto perverso, porque lo que quiere decir en realidad es: – Quita quita, que ya reparto yo.

No se fíen ustedes nunca del que coma con agua. No será útil para llegar a acuerdos. El vino, tomado con moderación, irá creando un progresivo ambiente de cordialidad que será imprescindible para pactar. Su elección aportará además un nuevo elemento de juicio. Estará el partidario del vino de la casa, que lo avalará con un: – Aquí tienen un vinito que está muy bien; y el que se abalanzará  como un loco sobre la carta de vinos porque sin relacionar vino y precio está perdido.

Observe al candidato que le pregunte al comensal de al lado – Derecha o Izquierda – si se va a tomar “eso”. En cuanto se descuide asaltará su plato y se llevará “eso” y si lo dejan, “esos”.

Los postres ahora se suelen compartir. Es una costumbre que solo tiene como finalidad disminuir el cargo de conciencia. Ahí el verdadero peligro son los candidatos femeninos. Jamás pedirán postre y cuando otro de los candidatos utilice esa norma de educación que impele a ofrecer, pero con un notorio afán de no dar, siempre dirán: – ¡Que buena pinta!, te cojo un poquito; y verán salir medio tiramisú del plato, que ya no regresará…

Los cafés son insustituibles como elemento de juicio de los candidatos. Vale que los camareros españoles son un prodigio de retentiva mental, capaz de recordar sin tomar una sola nota el vademécum de cafés posibles en nuestro suelo patrio. Pero fíjense bien quién se pide un humilde cortado y quién un “descafeinadodemaquinaconlechedeltiempoysacarinalargodecafe”.

Nos acercamos al final y llega la hora de pedir la cuenta. Los plurales son especialmente significantes en este caso. No es lo mismo: tráigame la cuenta, que: tráiganos la cuenta. En el segundo caso es evidente que la intención de invitar queda totalmente descartada. Ahí es importante que se fijen de nuevo en las acciones de los candidatos: el que comprueba la cuenta repasando los platos y que probablemente dirá en alto: ¿cañas han sido cinco o seis? para evidenciar al candidato que se ha tomado dos. Luego está el que saca el teléfono móvil y prorratea (recuerden que los candidatos suelen ser de letras y están incapacitados para hacer una división de cabeza, especialmente si el número es impar).

La propina suele generar a veces desacuerdos. España no tiene un sistema rígido sobre la base de tantos por ciento preestablecidos, lo cual deja al albur del comensal el óbolo. Generalmente hay dos opiniones: la de los que piensan que la propina denigra al camarero, y la de los que alguna vez han currado de camareros.

El colofón son los chupitos. No hace demasiado tiempo que el consumo de alcohol después de comer se enmascaró con este eufemismo de la copa de “coñá” de toda vida. Hubo un tiempo en que el mismo camarero sugería ¿un digestivo? No sé por qué aquello no acabó de cuajar. La cuestión es que cuando el camarero recoja el cofrecillo de madera con bordes de latón en el que han traído el tique y se lleve el dinero, uno de los candidatos preguntará (nunca directamente al camarero si no al resto de candidatos): – ¿queréis unos chupitos? El camarero que suele ser el más espabilado del grupo, ya habrá percibido que no tienen ninguna intención de pagarlos.

Ahora, para terminar, les propongo un sencillo ejercicio. Asignen ustedes los diferentes roles propuestos en el artículo a los protagonistas del debate, y luego no tienen nada más que decidir con quien se irían a comer el 10N.

¡Que aproveche!

 

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