Mar 17 diciembre 2024
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Era casi mediodía y hacía mucho calor. Lucía caminaba lentamente por la alameda, aprovechando la sombra y procurando no llamar mucho la atención, pero era una mujer demasiado atractiva para pasar desapercibida. Al final del paseo, en el kiosco que había junto al estanque, sentado en una de las mesas de la terraza, estaba esperándola Juanito: inconfundible con su traje de verano, sus gafas de espejo, su ajado sombrero Panamá —que seguía llevando a pesar de que ya casi nadie usaba sombrero—, y aquellos zapatos que parecían sacados del baúl de su bisabuelo. Estaba tomando una horchata que ella pagaría probablemente, porque Juanito se jactaba de que nunca llevaba dinero encima, y fumaba con ese aire displicente con el que hacía todas las cosas, como si le estuviera haciendo un favor al cigarrillo.

Al verla acercarse, Juanito se levantó de la silla y la saludó muy pomposamente quitándose el sombrero. Después se acercó hasta ella y le dio un beso en ambas mejillas, al tiempo que le decía:
—Dichosos los ojos… ¡Pero qué guapa estás! Si no fuera porque tengo novio, y porque es muy celoso, te juro que mañana mismo te llevaba a los altares.

Juanito sudaba ligeramente, y a Lucía le molestó el contacto con su cara; además usaba un perfume demasiado intenso que la enervaba. Pero no dijo nada, y le respondió irónicamente:
— ¡Huy, cómo estamos esta mañana! ¿No me digas que estás tan solícito porque necesitas dinero? —le preguntó Lucía sonriendo.
—Yo siempre necesito dinero, cariño mío, pero el buen Dios no me enseñó a ganarlo honradamente; ya ves tú.
— ¿Y qué tiene que ver Dios en esto? —le respondió Lucía— Ni que Dios fuera el jefe de la oficina del paro.

Lucía se sentó en la silla que Juanito le ofrecía y dejó el bolso sobre la mesa. Al poco rato vino el camarero, un chico que parecía sacado de un cuadro de Rubens, con la cara gordezuela y los mofletes colorados, y que de un momento a otro, amenazaba con desmayarse por culpa del calor. Lucía le pidió un agua con gas. Luego, sacó una cajetilla de Malboro y se colgó un cigarrillo de los labios. Juanito metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, saco un encendedor y se inclinó hacia ella. Le dio fuego y le preguntó:
—Bueno, a lo nuestro. ¿Supongo que has traído el dinero?
Lucía, esperó unos instantes antes de responder. Le dio una chupada al cigarrillo y luego lo arrojó al suelo y lo pisó con el pie, moviéndolo a izquierda y derecha para apagarlo. Después sacó del interior del bolso un sobre alargado de color marrón, lo colocó sobre la mesa y dijo:
— ¿Cómo sé que cumplirás con tu parte del trato? Es mucho dinero.
—Ya me conoces. Sabes que con los asuntos de trabajo no bromeo —le respondió Juanito, sonriendo.

Los dos se quedaron en silencio. Cerca de ellos, en una pequeña explanada que había frente al estanque, un grupo de niños jugaba al balón. Lucía los miró distraída y respondió:
—He traído la mitad, como quedamos. El resto cuando cumplas. ¿Te apaña? Por cierto, ¿cuándo será? —quiso saber Lucía. Pero Juanito le dio largas:
—Es mejor que no sepas nada. ¿No crees? Tú, actúa como normalmente lo haces. Vete a los mismos sitios que vas siempre, no cambies tu rutina. Yo me encargo de que tengas una coartada sólida cuando quite de en medio a ese desgraciado.

De pronto, la pelota con la que jugaban los niños rodó hasta los pies de Juanito. Uno de ellos se acercó a pedírsela y Juanito le dio un puntapié que la mandó al estanque. El niño soltó un taco y lo miró con cara de pocos amigos. Juanito hizo una mueca con la boca y le dijo:
—Mala suerte, chaval. Pero mira, así es la vida: unas veces se gana y otras…Hoy te toca mojarte los pies, o joderte sin la pelota.

El niño se dio media vuelta y se fue murmurando algo entre dientes.
—Mira que eres puñetero. ¿Por qué la has tomado con el crío? —lo amonestó Lucía.
Juanito se recostó en la silla; encendió otro cigarrillo y le respondió:
—Yo fui un niño infeliz. ¿Te lo he contado alguna vez? Mi padre se emborrachaba; cuando regresaba a casa nos pegaba: primero a mi madre, y luego a mí y a mis hermanos. A mí me llamaba maricón, y me pegaba una paliza un día sí y otro también. Hasta que un día me harté y le abrí la cabeza con una sartén. Luego me fui de casa. Cuando regresé, el muy cabrón había cambiado la cerradura. Esperé a que volviera mi madre, y cuando llegó me dijo que era mejor para todos que me fuera. Así que, me independicé por la vía rápida.

El camarero se acercó y preguntó si querían tomar alguna otra cosa. Juanito le pidió la cuenta y lo despidió con un gesto despectivo. Luego chasqueó los dedos, indicándole a Lucía que le diera el dinero. Ella le acercó el sobre, y él lo recogió y lo balanceó, ligeramente, en el aire antes de guardarlo en el bolsillo interior de la americana.
— ¿Qué poco pesa, verdad? Parece mentira que valga la vida de una persona. Bueno, la mitad —recalcó irónicamente esbozando una cínica sonrisa.

El camarero trajo la cuenta. Lucía puso un billete encima del platillo y lo sujetó con la botella de agua mineral. Luego se levantó, recogió el bolso y le tiró un beso con la mano a Juanito.

Se alejó procurando no llamar la atención. Pero Juanito pensaba que era una mujer demasiado atractiva para pasar desapercibida.

—Fin—

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