“HAY SUR DE OJO CLARO”

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Estos días del recién estrenado otoño, andamos a vueltas – una vez más – con aquello de quitar y poner estatuas de calles y plazas. Tanto es así que ayer vino a mi casa una Comisión Vecinal de la “urba” para exhortarme a firmar un escrito conminando a uno de nuestros vecinos a quitar las estatuas de enanitos que tiene en su jardín, por considerar que eran representativas de un rancio heteropatriarcado. Ya saben, por lo de Blancanieves y demás. Aduje en su defensa que las citadas estatuas estaban en una zona privativa y que además no eran visibles desde el exterior. No me sirvió de nada, ya que argumentaron que sí lo eran desde las azoteas de los diferentes chalets y el daño que podía causarse a los niños era irreparable. Yo no quería enemistarme con el vecino en cuestión, porque me deja la podadora para cortar el seto de ciprés, pero, que quieren que les diga, una Comisión Vecinal, es mucha comisión; y al final, firmé.

Todo esto no tiene más objeto que introducirles, lo más amablemente posible, a reflexionar sobre varias noticias que he leído estos días, a propósito de la retirada de estatuas y nombres de calles a Largo Caballero e Indalecio Prieto. En una de ellas leo que, en relación con la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias, los citados líderes “en realidad, no tuvieron nada que ver”.

Largo Caballero (Líder del PSOE y de la UGT) en un mitin en el año 1934, dijo: “La única esperanza de las masas es la revolución social, solo ella puede salvar a España del fascismo”. “Lo primero que tenemos que hacer es desarmar al capitalismo (…) al ejército, a la Guardia Civil, la Guardia de Asalto, la Policía, los Tribunales de Justicia. ¿Y en su lugar, qué? El armamento general del pueblo”. 

El instrumento utilizado por Largo Caballero para intentar conducir a las masas socialistas a la revolución fue la Alianza Obrera, una idea nacida en Cataluña por iniciativa del pequeño partido comunista antiestalinista, el  Bloque Obrero y Campesino (BOC), que nace para hacer frente a las medidas “contrarrevolucionarias” del gobierno de centro-derecha surgido de las elecciones de noviembre de 1933. La formación de esta alianza en Asturias también le fue ofrecida a la CNT pero se negó a integrarse en ella, como ya había sucedido en Cataluña, porque la dirección confederal afirmó que la CNT por sí sola “se bastaba para destrozar al fascismo“. La coordinación insurreccional a nivel nacional, estaba en manos de un Comité Revolucionario de siete miembros, presidido por Largo Caballero, en el que UGT, PSOE y las Juventudes Socialistas (JJSS) habían delegado esta función.

El 6 de junio de ese mismo año 1934, se envía un documento desde la Ejecutiva de las JJSS, a las delegaciones provinciales, dando instrucciones precisas en cuanto a la formación de las milicias armadas. Concretamente en Mieres se constituyeron hasta 120 grupos de 10 hombres, mientras que en la cuenca de Langreo el número fue de 40 grupos. Sin embargo, la acumulación de armas para preparar la revolución había comenzado ya mucho antes con el robo de las mismas, una a una, en las fábricas de armas de Oviedo y de Trubia; armas que fueron escondidas en diferentes zonas de Asturias. Ninguno de los catorce depósitos de armas clandestinos (diez de los socialistas, dos de la CNT y dos de los comunistas) existentes, fue descubierto por la Guardia Civil. Otras armas las compraron a contrabandistas o las trajeron desde Éibar a través de una red creada por las JJSS y el sindicato del Transporte de la UGT de Oviedo. La dinamita se obtuvo de los depósitos de las minas.

En lo que respecta a la Implicación de Indalecio Prieto, queda patente en uno de los episodios más conocidos de la Revolución de Octubre: las armas del Turquesa. Una partida de armas con destino hacia Abisinia, estaba depositada en el fuerte de Santa Catalina de Cádiz. La partida figuraba como “en tránsito hacia Djibouti”, embalada en 1932 y procedente de la Fábrica de Armas de Toledo. Estas armas fueron compradas por Indalecio Prieto, Juan Negrín, Ramón González Peña y Amador Fernández por medio millón de pesetas. En junio de 1934, Eladio Echegoyechea compra (por 73.000 mil pesetas) al armador y diputado monárquico andaluz Ramón Carranza (Sí, sí, el que dio nombre al estadio de fútbol del Cádiz), el barco Turquesa (anteriormente Mamelena II), y lo pone a disposición del capitán mercante Manuel Atejada y el maquinista Jenaro Álvarez. En dicho barco se carga la partida de armas que debía salir hacia Abisinia. Pero su destino real no era otro que Asturias, donde Amador Fernández, en calidad de presidente del sindicato SOMA-UGT, y el capitán del barco habían convenido lugar, día y hora del desembarco.

El barco iniciaba su travesía el cinco de septiembre hacia Estaca de Bares, con 329 cajas con más de dieciocho toneladas de peso en total, con la orden de fondearlo entre San Esteban de Pravia y Muros del Nalón, frente a la playa de Aguilar, a la que llegó el día diez de septiembre. Cinco lanchas, tres de Gijón una de Avilés y otra de Lastres, estaban previstas por el práctico del puerto Servando Sáenz de Miera, para efectuar el traslado de las armas a la desembocadura del Nalón. Sólo llegaron las lanchas gijonesas, porque la de Avilés, por avería, y la de Lastres porque no acertó a llegar al sitio, no aparecieron. En la playa, un centenar de militantes del SOMA-UGT-PSOE esperaban para cargar los 500 fusiles máuser y las 50 ametralladoras con su correspondiente munición, en las camionetas de la mismísima Diputación de Oviedo, taxis de militantes del PSOE, y coches de los ayuntamientos de Langreo y Mieres, para su traslado a los depósitos elegidos al efecto. No se había terminado el alijo, cuando un vecino del lugar informa a la Guardia Civil de Muros del Nalón y a los carabineros de San Esteban de Pravia, del desembarco nocturno. Una patrulla de carabineros se dirige hacia la zona y localiza sobre la carretera, cerca del lugar del desembarco, nada más y nada menos que a Indalecio Prieto, Ramón González Peña y Amador Fernández. Según el mismo Indalecio Prieto narra en sus memorias, los hechos se produjeron así:

Cuando llegamos a la orilla del Nalón, cerca del puente por el que lo cruza la carretera, habían sido ya cargados varios camiones que, a máxima velocidad, iban hacia hórreos y trojes, donde quedarían escondidos fusiles y cartuchos. Aún quedaban muchas cajas sin transportar, cuando uno de los centinelas, descendiendo presuroso, avisó: ¡Viene la Guardia Civil!, oí descorrerse el cerrojo de no sé cuántas pistolas. Mi autoridad se impuso a quienes querían resistir. “No vale la pena –les expliqué- verter sangre por salvar esta mercancía que, en cualquier forma, se perderá irremisiblemente, porque el tiroteo atraerá a mas fuerzas, impidiendo mover las cajas de aquí. Retírense ustedes. Nos quedamos solos el bilbaíno, el portugués y yo. Los tres saliendo a la carretera, seguimos con lentitud cuesta arriba. Frente a nosotros, cada vez más cerca, sonaban recios pasos. Pero la noche, muy cerrada, no nos consentía ver a nadie. ¡Alto!, gritó una voz, ¡Alto está!, respondí yo. Entonces vi como dos hombres que venían en pareja se separaban, quedando uno tras otro, y como se echaban sendos fusiles a la cara apuntándonos con ellos: ¡Arriba las manos!, gritó la voz imperativa de antes. Levantamos los brazos y continuamos inmóviles. El hombre de vanguardia avanzó hacia nosotros sin bajar el arma. ¿Quiénes son ustedes?, preguntó. Soy el diputado Indalecio Prieto, contesté. ¿Indalecio Prieto, el ex ministro?, volvió a interrogar. Si señor; el mismo, afirmé. Mi interrogador, bajando el fusil, se acercó para reconocerme. No se trataba de una pareja de guardias civiles, sino de carabineros. (…) El cabo, pues cabo era el jefe de pareja, me tendió cariñosamente su diestra, mientras exclamaba: ¡Qué sorpresa encontrarle y que alegría saludarle! Seguida del saludo vino una pregunta inevitable: ¿Pero qué hace usted por ahí a estas horas? Hube de improvisar una historia: Estamos entre hombres cabales, le dije, y no procede hablar con remilgos. Estos dos amigos y yo vamos de excursión con tres muchachas, y como yo, por mi significación política, estimé escandaloso llegar los seis en cuadrilla al hotel de Avilés, donde debemos pernoctar, acordamos que el automóvil con las mujeres fuese por delante, y que luego de dejarlas en la villa retrocediera, a fin de recogernos a nosotros que, mientras tanto, paseamos para estirar las piernas. El cabo a su vez explicó: Pues nosotros nos encontrábamos en nuestro cuartel, cuando un vecino ha venido a avisarnos de que ahí se estaba haciendo un alijo, y vamos a ver qué hay de cierto en la referencia. El cabo nos estrechó la mano a los tres viandantes y siguió con su subordinado carreta abajo

 

Mientras, la Guardia Civil capturaba a veinticuatro militantes del SOMA-UGT-PSOE, y el grupo de Cesar Antuña, encargado de interceptar el tráfico en el puente de Soto del Barco, se entregaba a las autoridades. Un guardia municipal de Muros de Nalón, afiliado al PSOE, al notar cierto movimiento de gente y creer que se trata de militantes de las Juventudes de Acción Popular, llama a la casa cuartel de la Guardia Civil de San Esteban de Pravia, advirtiendo que algo raro debe pasar. El comandante de puesto, el sargento primero Jesús Ferreiro Freire, alerta a la fuerza. Al acercarse a unos coches cuya marcha le hace sospechar ya que dan la sensación de ir sobrecargados, son recibidos a tiros. Cuando los guardias civiles se disponen a repeler la agresión los ocupantes de los vehículos se entregan. Posteriormente llega al lugar el capitán de la Compañía González Anguiano, que ordena realizar varias batidas, como consecuencia de las cuales se practican nuevas detenciones. Al amanecer se habían puesto a disposición de la justicia veinticuatro implicados y se habían intervenido sesenta y dos cajas de municiones con un total de 116.000 cartuchos, ocho pistolas, tres revólveres, dos escopetas y cuatro automóviles. Sin embargo de las cajas descargadas ni una sola contenía fusiles o ametralladoras, se quedaron en el barco.

Al día siguiente los vespertinos ovetenses publicaban en sus portadas el sensacional titular: “CONTRABANDO DE ARMAS DESCUBIERTO EN SAN ESTEBAN DE PRAVIA!“, pero Indalecio Prieto ya había desaparecido y puesto a salvo de cualquier especulación sobre su participación en el desembarco del Turquesa, hasta el punto de que, para guardar aún más las apariencias, viajó toda la noche y por la mañana se dejaba ver por las calles y los cafés de Bilbao.

El Turquesa terminaría atracado el día 29 de septiembre en el puerto francés de Burdeos. Allí, los servicios portuarios descubrieron el arsenal apilado en su interior, siendo incautado por la policía francesa y detenida su tripulación. Días después, la marina española enviaba una delegación para recoger el barco y las armas.

Por último, señalar que la orden de la insurrección para la Revolución de Asturias, sale de Madrid en la badana del sombrero de Teodomiro Menéndez, figura muy importante del ala moderada del PSOE asturiano. A primera hora de la mañana llega en tren a Oviedo y se traslada a la redacción del diario Avance, con la pequeña nota, donde pone: “HAY SUR DE OJO CLARO”, que una vez descifrada significa: HUELGA GENERAL REVOLUCIONARIA, y una clave con la que la orden sería confirmada telegráficamente. Posteriormente se ha especulado mucho con la exactitud de la frase, especialmente porque Largo Caballero en sus memorias dice: “Se acordó declarar la huelga general en España sin precisar el carácter de esta.” Esta versión fue, sin embargo, desmentida por otros miembros del Comité Nacional.

Hay una amplia bibliografía que documenta todo lo que les acabo de exponerles. Entre ellas las siguientes obras:

  • Asturias: Octubre de 1934; de Paco Ignacio Taibo II.
  • Octubre de 1934. Revolución en la República española; de David Ruiz.
  • La Revolución de Octubre en Asturias, 1934. Orígenes, desarrollo y consecuencias; de Javier Rodríguez Muñoz.
  • Pequeños anales de la Revolución en Asturias; de Aurelio del Llano.

 

Así que, concluyendo, y como ha quedado demostrado, ni Largo caballero, ni Indalecio Prieto tuvieron “nada que ver” en la Revolución de Octubre de1934.

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