LA VÍA ESLOVENA

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El cinco de abril de este año, publiqué en el blog un artículo titulado “Las revoluciones hechas por intelectuales son siempre muy peligrosas”. La frase es de Umberto Eco. Hoy he vuelto a releerlo con la amargura que supone siempre acertar en lo fatal.

La Vía eslovena” no es más que un eufemismo para hacer políticamente aceptable la dureza de su verdadero significado: la Guerra de Eslovenia. Su utilización, en este caso, resulta especialmente despreciable, pero el eufemismo le permite a usted hablar de ella con total naturalidad cuando esté con sus amigos tomando café, sin que ninguno le diga: ¡pero tú qué barbaridad estas diciendo!

Aquella guerra duró diez días. Fue un conflicto de “baja intensidad”; baja, para todos menos para los que perdieron la vida o quedaron mutilados física o psicológicamente, claro. Pero su verdadera dimensión hay que buscarla en su condición de detonante que hizo explosionar al resto de los Balcanes. Fue aquella una guerra que avergonzó a una Europa ¡tan pagada de sí misma! que creía imposible que después de la IIGM, un conflicto bélico volviera a estallar en su seno. Para más inri la Guerra de los Balcanes se reveló como un enfrentamiento en el que volvieron a manifestarse los peores instintos de los contendientes, y cuestiones de raza y religión sirvieron de excusa para atrocidades de todo tipo. Fue, por último, la evidencia de la incapacidad europea para gestionar una respuesta coordinada ante la crisis.

La Humanidad no ha conseguido erradicar ninguna de sus calamidades, y mucho menos la guerra. Las sociedades más avanzadas han hecho desaparecer, o son capaces de controlar, determinadas enfermedades, pero han aparecido otras. La pobreza, las hambrunas, han cambiado de lugar dependiendo de las épocas, pero siguen abriendo hoy día los telediarios. Las leyes prevén castigos para todo tipo de delitos, pero la criminalidad no cesa.

En el caso concreto de la guerra, los esfuerzos han ido encaminados a tratar de racionalizar la sinrazón de la misma, acotando las consecuencias de los conflictos, a veces con escaso éxito, desde dos líneas de acción genéricas. Por una parte, una política de alianzas entre amigos (mudable cuando interesa) y el equilibrio entre potenciales enemigos sobre la base del aforismo romano “Si vis pacen para bellum”, que, a pesar de los que defienden de forma bienintencionada el pacifismo, se ha demostrado mucho más eficaz a lo largo de la historia a la hora de prevenir la guerra. Y por otra, la creación de organizaciones y de legislación supranacionales. Como ejemplo citaremos la creación de la Cruz Roja, que surge tras la batalla de Solferino (1859), cuando Henry Dunant, al contemplar el campo de batalla cubierto de heridos siente la necesidad de crear una organización neutral que se ocupe de atenderlos. Y la más importante: Los Convenios de Ginebra y sus Protocolos adicionales (1949), que constituyen la base del Derecho Internacional Humanitario que desarrolla una serie de normas jurídicas para limitar los efectos de los conflictos armados. Es decir, de alguna manera la Humanidad admite su incapacidad para dejar de recurrir a la violencia como forma de resolución de los conflictos, por lo que trata de limitar las consecuencias del ejercicio de esa violencia.

Cuando estalló el conflicto de los Balcanes, parientes de mi mujer tuvieron que abandonar su casa en Split, en Croacia, huyendo de la guerra y venirse a España. Lo paradójico es que sus padres habían dejado esa misma España en 1939 huyendo de otra guerra.

Yo tengo muchos parientes en Cataluña: mi hermana, mi cuñado, tíos, sobrinos y primos. Me estremece pensar que ahora tuvieran que dejar su tierra porque pudieran verse envueltos en una situación de violencia como es la guerra. Por eso resulta tan frustrante escuchar a alguien frivolizando con la idea de la guerra, y si, además, es el presidente de una autonomía del Estado, más todavía.

Fuerzas multinacionales, entre ellas las españolas, permanecieron más de diez años desplegadas en los Balcanes con la misión de detener aquella guerra. Algunos se quedaron allí para siempre. Sólo aquellos que no han visto de cerca la violencia de la guerra son capaces de frivolizar con ella.

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