ODISEA

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Sí Homero hubiera vivido en el siglo veintiuno – en España, claro-, Ulises no hubiera sido un esforzado navegante intentando regresar a Ítaca, donde lo esperaba su amante esposa Penélope, tejiendo y destejiendo cada noche lo tejido durante el día. Hoy, Ulises habría sido un probo ciudadano intentando que una empresa de telefonía móvil cumpliera con sus obligaciones para con el cliente. Algo simple, dirá usted; sí, yo también lo creía así, pero no: de simple nada de nada.

El sábado se avería el rúter – posiblemente por causa de una tormenta-. El domingo me pongo en contacto con la empresa Jazztel que, amablemente, me asegura que el lunes tendré uno nuevo, todo lo más el martes; que ciertamente hay un plazo de entrega de uno a cinco días, pero que es algo puramente contractual, que nunca se retrasa tanto. El miércoles, en vista de que el rúter se resistía a personase en mi domicilio, inició una serie de conversaciones, primero con máquinas y luego ya con diferentes teleoperadores que, con enlatadas y empalagosas fórmulas verbales y una sospechosa amabilidad, me aseguran que están preocupadísimos por mí problema y que harán todo lo que esté en su mano para solucionarlo. Mi mujer se suma a mis esfuerzos y en su tiempo libre, asalta también las “líneas enemigas” con parecido éxito.

Termina la semana y el rúter sigue en paradero desconocido. En un colmo increíble pero cierto, intentan continuamente que yo me ponga en contacto con la empresa de trasporte SEUR para exigirle responsabilidades. ¿Yo?, inquiero, yo no he contratado nada con SEUR, serán ustedes los que tengan que pedirle cuentas. Subrayo lo de ustedes porque, por supuesto, todo el mundo te trata como si fueras su primo o su cuñado y te tutea, eso sí, amablemente.

El contacto con SEUR tampoco es fácil, y al consultar su página de situación de un envío, éste pasa de estar el miércoles “en reparto” a regresar el viernes a “en gestión” o sea, al primer estadio. Por supuesto sigue usted hablando con máquinas, respondiendo códigos y anotando números.

El sábado ¡por fin! consigo hablar con una persona en SEUR. Es tal la emoción que me embarga que incluso le creó cuando me asegura que el lunes por la mañana el rúter estará en mi casa. Comprobamos de nuevo la dirección y el número de teléfono de contacto. Todo perfecto.

Paso el domingo ilusionado y, como Ulises, tapono mis oídos con cera para resistirme al canto de sirena que me aconseja cambiar de compañía telefónica. La mañana del lunes me levantó temprano. Me ducho, me afeito y me dispongo a esperar al repartidor que acabará con mi “Odisea”. Vano empeño. A las 12:00 entra en el móvil – estoy sin fijo, tele ni internet, obviamente- un mensaje de texto que reza así: “dirección no encontrada o destinatario ausente”. ¿Ausente? pero sí llevo sin ir al baño toda la mañana por sí sonaba el timbre.

Ya al borde de una crisis nerviosa retomó los intentos de contacto con SEUR. Tras varias llamadas y conversaciones con las consabidas máquinas, por fin una persona, una voz humana al otro lado de la línea y aunque nos entendemos con dificultad a pesar de que hablamos ambos, teóricamente, el mismo idioma, compruebo que la dirección de mi casa estaba, efectivamente, mal. La voz me asegura que inmediatamente se pondrá en contacto con el repartidor y le dirá que regrese porque la entrega es muy urgente. Y aquí estoy, meándome encima pero sin atreverme a alejarme del telefonillo.

 

 

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