TRANSHUMANISMO, LA NUEVA RELIGIÓN

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Nunca como hoy fue tan frágil el ser humano. Cada vez que un problema atañe a una parte importante de la población, las reacciones de las personas, individualmente o como grupo, suelen llevar aparejada grandeza y miseria, no siempre equilibradas.

El coronavirus – pudo haber sido cualquier otro problema colectivo – pone de nuevo sobre la mesa, con la rotundidad de lo inesperado, la pobreza de nuestra condición humana. Y aparece de nuevo una Voluntad superior al individuo que le abofetea en el rostro y le recuerda cuál es su lugar.

No deja de ser curioso que estas dosis de realidad que subrayan, a veces cruelmente, la condición humana, coincidan en el tiempo con el auge de teorías como la Transhumanista, que comienza a abrirse camino en las sociedades avanzadas, acercando al individuo a la que sigue siendo su máxima aspiración: emular a Dios. Un dios en el que ya no cree, pero al que sigue inconscientemente adorando con sus actos. Por eso vuelve a sentir la tentación edénica de comer del árbol prohibido, y, esta vez ya sí, acceder a la sabiduría y a la vida eterna.

El Transhumanismo, explicado con trazo muy grueso, es una teoría que sostiene que, si bien la parte cognitiva del ser humano es pasable, el “contenedor” es un auténtico desastre en lo que concierne al diseño y funcionamiento; del mantenimiento postventa ni hablamos. Sobre esta base propugna una integración hombre-máquina en la que la parte ciborg tendría cada vez más peso. En la parte teórica y solo para los muy cafeteros, vaticina el fin de la especie tal y como la conocemos y su sustitución por una nueva especie prácticamente robotizada que nos sustituiría. Mark O’Connel profundiza en esta teoría a través de su libro Como ser una Máquina (Capitán Swing).

Sin embargo la idea Trashumanisma no es tan original como parece. Ya que, si bien es cierto que cuando pensamos en la integración hombre–máquina, tendemos a imaginar siempre un resultado a nuestra imagen y semejanza, si nos alejamos de la tentación antropomórfica, en realidad la integración forma parte de nuestra evolución como especie desde que arrojamos la primera piedra o levantamos el primer palo (dejo a su elección los fines).

Hoy la vigila nocturna se quiebra con el zumbido, la melodía o la palabra de una máquina. El aseo personal requiere de varias máquinas. En el desayuno intervienen el exprimidor, la tostadora y la cafetera… Para ir al puesto de trabajo cogerá el coche, bus o metro, salvo que pertenezca usted al reducidísimo grupo de personas que pueden ir a su trabajo a pie. Al llegar se “conectará” de alguna forma a algún tipo de máquina. Y así seguirá transcurriendo su jornada: de máquina en máquina. Sin olvidar la más insustituible de todas: el móvil, el celular como dicen en el español de Iberoamérica, silbando maravillosamente la c. El otro día me enseño un amigo su último reloj de pulsera, capaz de hacerle en tiempo real un electro. Si esto no es integración hombre máquina ya me dirá usted. Todo ello sin entrar en que nuestro cuerpo cada vez lleva más  implantes, de todo tipo, en una proporción directa con los años que vamos cumpliendo.

 

Hasta aquí hemos descrito el cómo, pero no el por qué. El objetivo Transhumanista de integrar al ser humano con la máquina no persigue otra cosa que la inmortalidad. Es decir la alteración del proceso normal de cualquier organismo vivo: nacer, crecer, reproducirse y morir. Y aunque su objetivo final es modificar definitivamente el último, no morirse nunca, su consecución  le obliga a intervenir en los anteriores. De hecho la eugenesia ya hace tiempo que ha abandonado la fase teórica y se ha instalado, más o menos abiertamente, en los laboratorios. El proceso de reproducción está mucho más avanzado y  no será demasiado el tiempo que transcurra para que la gestación de seres humanos sea definitivamente ectópica, y por tanto con la posibilidad de ejercer sobre la misma un exhaustivo control, ya que en un contexto transhumanista la reproducción sin control de la especie dejaría de tener sentido ante la perspectiva de la inmortalidad de una gran parte de la población.

 

Por otra parte, el énfasis transhumanista, en que solo la parte inteligente del individuo es aprovechable (y aun así muy mejorable mediante la potenciación sobre la base de la Inteligencia Artificial) desechando un cuerpo imperfecto y lleno de problemas que se agudizan con el paso de los años, huele demasiado a las diferentes teorías religiosas que sostienen que la separación de alma y cuerpo (separación de lo útil y lo prescindible) mediante la muerte es la que conducirá al anhelo tranhumanista de la eternidad.

¿Pero, por qué es, pues, tan interesantemente peligrosa la teoría Transhumanista? Pues sobre todo porque pretende eliminar la responsabilidad del ser humano en los procesos de decisión, cuando no a excluirlo de los mismos. Al enfrentarse el individuo a un ser humano-máquina, cuyo cerebro tendría una infinitamente superior capacidad de pensar y razonar, éste obtendría siempre la solución más correcta. Es la distopía del dominio de las máquinas sobre el hombre. A menudo imaginamos esa distopía como un mundo en el que máquinas robotizadas de apariencia humanoide nos dominarían haciéndonos trabajar en interminables cadenas tayloristas. No será así. De hecho sería más exacto hablar de un dominio de lo virtual sobre lo real. En el que nuestra capacidad de acceso a lo real estaría prácticamente eliminada.

Theodor Adorno y Max Horkheimer expusieron ya en su obra Dialéctica de la Ilustración (1944), como el proceso del racionalismo científico es un progreso hacia la tiranía: “La racionalidad técnica actual es la racionalidad de la dominación. Es el carácter compulsivo de una sociedad alienada de sí misma”

 

 

 

 

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