Una Nochebuena tranquila

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Publicado en el Nº 12 de la Revista «Alborismos». Año IV (2023), Trujillo, Venezuela.

Ya no tenía remedio. Lo mejor era abandonar la habitación; después pensaría cómo se lo explicaba a la familia. Apagó la luz y entornó ligeramente la puerta. Entró en el comedor como si tal cosa: repartiendo besos y abrazos. Haciéndoles carantoñas a los niños y sonriendo a su madre y a sus hermanos; hasta a su cuñada le sonrió, y mira que la tenía atravesada. Fue precisamente su cuñada — ¿quién si no?—, la que  preguntó: «Sara, cariño, ¿le cambiaste la botella a papá?». ¿Papá? ¡Había que ser cínica! En cuatro años de enfermedad ni una sola vez, ¡ni una!, se ocupó de él: «Es que, como una hija…», decía la muy puta. Y ella allí: un día y otro día, cambiando pañales, limpiando vómitos… ¿Acaso no se merecía poder pasar una Nochebuena tranquila, sin tener que levantarse de la mesa cada dos por tres? ¿Acaso no se lo merecía?

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