Accésit en el VIII Premio Literario «Berceo lee a Gonzalo»
El cesto de naranjas
La escarcha cayó con fuerza durante la noche. Al despertar, Santiago sintió frío en la punta de la nariz y metió la cabeza debajo de las mantas: no tenía ninguna gana de levantarse. Luego, escuchó al ganado mugir en las tenadas y pensó que su padre estaría ya a punto de echarle la postura de la mañana. Al final, hizo de tripas corazón y salió de la cama: estaba helado de frío.
Cuando entró en la cocina, su madre estaba trajinando con los cacharros. Le dio los buenos días y lo mandó a por un poco de leña para avivar la lumbre. Santiago salió al corral. Los tejados estaban completamente cubiertos de escarcha por la helada y del borde de las tejas colgaban los carámbanos de hielo. Se acercó hasta la leñera, frotándose las manos, dispuesto a empuñar el hacha. Pero, afortunadamente, su padre había dejado picados algunos troncos la tarde anterior. Mientras recogía la leña, la Chula, la perrita que había recogido el verano pasado en el río, se le acercó meneando el rabo. A Santiago Le costó mucho sacarla adelante, porque, al principio, no quería comer el pan negro de centeno que él le daba, pero luego se acostumbró. Estaba seguro de que alguno de aquellos turistas que venían los domingos desde la capital la había abandonado. Santiago andaba poniendo lazos para los conejos cuando la vio. La perrita se le acercó confiada, se notaba que estaba acostumbrada a estar con gente. Cuando llegó a casa con ella, su madre se enfadó: « ¡Otro perro!, como si no tuviéramos ya bastantes bichos». Pero terció su padre que le echo una mano: « ¡Venga, mujer!, deja al chico que se la quede. Además, el Káiser está ya viejo y pronto me hará falta otro perro para salir de caza». Aunque, de momento, la Chula, de cazar nada. Era muy torpona y no estaba enseñada. Santiago empezó a llevársela cuando iba a revisar los lazos, a ver si se iba haciendo, pero se quedaba mirando al gazapo, lo olisqueaba un poco y luego se iba totalmente distraída. Un día su padre la sacó de caza a ver como se portaba. Cuando el Káiser se quedó puesto al barruntar el primer bando de perdices, la Chula salió corriendo y lo levantó sin que él tuviera tiempo de echarse la escopeta a la cara. «Pues como no aprenda a cazar, aquí no la quiero, —había dicho su madre—. En esta casa, de vagos nada. Para vago ya tenemos a don Damián en el pueblo». Don Damián era el cura párroco. Su madre lo tenía atravesado desde que discutieron por unas lindes con César, el de los Maimones, y él se puso de parte de ellos. Encima, lo dijo en el sermón del domingo, en la iglesia.
Santiago entró con la leña en la cocina. Isabel, su hermana pequeña, se había levantado ya. Dejó el brazado junto a la lumbre y echó un par de troncos al fuego. Después se sentó en el escaño y acabó de vestir y calzar a su hermana.
— Mira, te has abotonado mal la blusa. ¡Oye! Mañana vienen los Reyes ¿qué les has pedido? —le preguntó Santiago.
—Una bicicleta —contestó resuelta la niña.
— ¡Vaya!, nada menos que una bicicleta —terció su madre—, eso son cosas de ricos.
—Pues Pablo, el de la Casa Grande, tiene una —contestó Isabel.
—Lo que yo digo: cosa de ricos — apostilló su madre.
— ¿Nosotros somos pobres Madre? —preguntó Isabel.
— Sí, hija mía, sí: pobres, pero muy honrados. Que nadie tenga que decir nunca nada de ti ¿me oyes? Tú, siempre con la cabeza muy alta.
—Sí, Madre.
De pronto, se escuchó el crujido de la vieja puerta de castaño que separaba la cocina del zaguán y entró su padre. Se quitó el tabardo, se echó hacia atrás la boina y se arrimó a la lumbre.
—Buenos días hijos. ¡Hace un frío de mil demonios!
— ¿Cómo está la Rubia? —le preguntó su mujer.
—No sé; parece que no ha pasado buena noche. Si sigue así no quedará más remedio que llamar al veterinario.
— ¡Otro gasto más! Este año no ganamos para disgustos. ¿Por qué no te acercas a casa de Martín y que le eche un ojo? Con la vaca del Ramajero tuvo muy buena mano.
Santiago sentó a su hermana en un taburete cerca del fuego. Su madre había terminado de freír unas lonchas de tocino, unas pingas y unos cachos de farinato. En un puchero, al calor de las brasas de la lumbre, borboteaba el café.
— ¿Quieres que te fría un huevo hijo? —le preguntó a Santiago.
—No, Madre. Como algo y me voy, que quiero pasar por la fragua a recoger la reja que llevé el otro día.
—No te olvides de lo de mañana… tú ya me entiendes —le dijo su madre con un tono de complicidad.
—Sí, Madre. A la vuelta de la fragua me paso.
Su madre se refería a que pasara por el Comercio. Cada año ella encargaba un kilo de naranjas como regalo de reyes para sus hijos. Un año, cuando Santiago era todavía muy pequeño, no hubo naranjas y su padre le hizo un yugo de juguete con un trozo de madera, luego unció dos asas de cántaro rotas como si fueran vacas y él se quedó tan contento. Ahora, aunque Santiago ya era mayor, su madre le seguía poniendo todos los años un par de naranjas como regalo de Reyes.
—Bueno, yo me voy —dijo Santiago— ¿Qué le digo al herrero?
— Dile que me paso yo un día de estos y ajustamos cuentas. O si no, que lo ponga en la Iguala —le contestó su padre.
—Es que creo que lo de aguzar lo cobra aparte —le respondió Santiago.
— Pues lo suyo es que lo juntara con lo que se le debe por herrar los animales, —dijo la madre— vamos, digo yo. ¡Ah! y a la vuelta pásate por casa de Martín y dile lo de la vaca, a ver si puede venir. Y por el comercio…
— ¡Qué sí, Madre, que sí!
Era temprano y las calles estaban todavía desiertas, y la tierra dura como el pedernal por la helada. Santiago se caló la gorra, se puso el capazo debajo del brazo y metió las manos en los bolsillos. Mientras caminaba, iba pensando en que el próximo año cumpliría los quince y dejaría la escuela para irse a servir de criado a alguna de las dehesas de la comarca. Luego, a esperar hasta entrar en quintas, a ver dónde le tocaba. Cuando volviera del Servicio, pensaba pedirle relaciones formales a Lucía. Los dos se conocían desde chicos y ella no tenía hermanos, así que en su casa hacía falta un hombre que ayudara a su padre con la hacienda. Lucía era un poco más joven que Santiago. Un día, cuando volvían de la escuela, él le preguntó si quería ser su novia y ella le dijo que sí. Las dos familias se llevaban bien. Todos los años se juntaban para la matanza y luego, durante el verano, se ayudaban en las labores de la cosecha.
Al doblar la calle de la Iglesia, Santiago vio una camioneta que salía del pueblo por la carretera del río. Era la que traía el suministro al Comercio, así que se acercó primero, no fuera que se acabaran las naranjas e Isabel y él se quedaran sin su regalo de Reyes.
Cuando entró en el local, Emiliana, la mujer que regentaba la tienda, estaba detrás del mostrador apuntando algo en una libreta. Una estufa de queroseno estaba encendida y se estaba calentito. Sentado en una mesa camilla, cerca de la ventana, estaba Javier María, el hijo de Emiliana. El muchacho había nacido mal; apenas si hablaba algo y no se podía valer solo. Santiago siempre le preguntaba por su novia y él se echaba a reír y contestaba: «Si no tengo, no tengo».
—Buenos días Emiliana. ¡Vaya frío que hace!
— Buenos días, galán. Sí, hijo mío, sí; me temo que este invierno va a ser duro.
Dime, ¿qué se te ofrece?
—Mi madre, que dice que si le han llegado a usted las naranjas que le encargó.
—Aquí las tengo apartadas. ¿Se las apunto?
—Haga usted el favor.
Emiliana sacó de debajo del mostrador una libreta, algo ajada, con las tapas de color gris, y buscó la hoja en la que estaba la cuenta de la madre de Santiago. Mientras anotaba el pedido, Emiliana le preguntó con un tono distraído:
—Y… ¿cómo está tu hermana?
—Bien, la semana pasada tuvimos carta suya. Dice que a lo mejor viene en verano.
—Claro, es que Suiza está tan lejos…—respondió Emiliana.
—Bueno, pues yo ya me voy. Con Dios doña Emiliana. Adiós Javier María. ¿Oye, y cómo está tu novia?
Pero el chico no le contestó. Con la cabeza ladeada, miraba por la ventana mientras un hilillo de baba se le escurría por la comisura de los labios.
—Con Dios hijo, con Dios —contestó Emiliana.
Santiago, con el kilo de naranjas dentro del capazo, salió de nuevo a la calle. Lo de la carta de su hermana era mentira, pero Santiago sabía que Emiliana lo único que quería era cotillear; de sobra sabían en el pueblo que su hermana no iba a venir, ni este verano ni nunca. Su padre la había echado de casa cuando se quedó preñada de un novillero de tres al cuarto que vino a torear en fiestas. Bueno, torear es mucho decir, porque el muchacho tenía tanto miedo que no le llegaba la camisa al cuello. Al final, como no fue capaz de matar al novillo, lo acabaron matando los mozos de pueblo. Desde entonces, en su casa decían que su hermana se había ido a Suiza, y que, como estaba muy lejos, el viaje costaba mucho y no podía venir. Pero Santiago sabía que estaba en Madrid, porque cuando hizo la mili Baltasar, el de los Bubilos, se la encontró un día en el metro. Estuvieron hablando y ella le dijo que estaba interna en una casa, en el Barrio de Salamanca, con una familia muy buena, y que su hijo estaba también con ella.
La escarcha volvió a morder con fuerza durante la noche de Reyes. Por la mañana, cuando Santiago entró en la cocina, vio en una esquina, cerca de la lumbre, un cesto de mimbre en el que su madre había puesto una tela de colores y cuatro naranjas. Santiago avivó la lumbre y se sentó en el escaño. De pronto, le pareció oír un ruido. Aguzó el oído y oyó, ya con claridad, doblar las campanas. En eso llegó su madre. Venía tiritando y con la cabeza envuelta en una toquilla. Santiago le preguntó:
— ¿Tocan a muerto, Madre?
— Sí, hijo mío. El chico de la Emiliana, que se ha puesto muy malito esta noche y Dios se lo ha llevado. ¡Bendito sea Dios!, ha dejado de sufrir.
—Fin—