VERANO
A mi padre
El volcán
El año que no hubo otoño
L´Estruendu
SOLEDAD DE FLORES MUERTAS
LA ESTELA
Tiempos de amor, honor y guerra en el Bierzo
La higuera
Aprehender el tiempo
Mi casa
El héroe en la batalla
Las mariposas del río
Ese mundo…ya no está
El río
Seis octavas para un recuerdo
Solo te recito un verso
Cántaros y agua
«Ocurrió en un mes de octubre...»
Castilla
Estaba tan cerca
La silla vacía: En recuerdo de Pepe Fuster
PRIMER PREMIO EN EL X CERTAMEN LITERARIO
«CONSTANCIO ZAMORA MORENO»
VERANO
Hombre segando
Siervo de un amo al que desprecias,
al que insultas entre dientes,
no tienes el valor de rebelarte:
lo crees más fuerte.
Caminas encorvado, casi a rastras,
empujando como puedes tu miseria;
y cantas esa canción triste
que acompañas con los secos redobles de tu hoz.
Ni empieza ni termina a tu jornada.
Ese Dios al que le rezas: ¡Ése!,
te unció un día al yugo de la historia
y te hizo, sin tan siquiera preguntarte, segador.
No hay sudor que a tu sudor se iguale,
y sólo quien no lo conoce, ingenuo, lo venera.
El dolor que llevas en el alma:
esa amargura de acíbar,
es la estela del heroico sacrificio
que solo te asegura un hueco en la tierra.
Mujer atando trigo
Su cuerpo se inclina y se levanta:
se inclina diez veces, cien, tal vez ninguna.
Arrejunta la espiga y la encarcela
colocándole un arnés en la cintura;
y un fantoche, un cuerpo sin cabeza,
mudo y ciego,
sobre el rastrojo inútil se reagrupa.
En los feraces surcos dejaba los suspiros
que el mediodía tejió bajo una encina.
Y gotas de sudor que olían a hembra,
hacían aullar como hoces frías,
el sonido silbante del bastardo
que ocultaba su miedo en la gavilla.
Tenía prohibido iluminar el sol su rostro de mujer.
Sólo la noche y la ribera desnudaban su cuerpo,
y los zarzales se movían, inquietos y nerviosos,
mientras pedían —casi suplicaban—,
que menguara más despacio el cuarto de la luna.
Sábanas blancas envolvían su cuerpo
y el aroma del trigo se quedaba en ellas,
cautivo para siempre. Hasta que un nuevo día
(cruel, como siempre son las madrugadas),
decidía que, de nuevo, su cuerpo se inclinase
diez veces, cien, tal vez ninguna.
El acarreo
Haz tras haz,
apuntando al cielo con soberbia,
mordiendo al horizonte,
te elevabas como una Torre de Babel inversa.
En vanguardia, clavados en los recios estacones,
anónimos atlantes soportaban la bóveda de mies.
La estiba te dejaba preñado de espigas;
y dos diademas de esparto te ceñían
mientras dejabas escapar un crujido de dolor
apenas perceptible —casi mudo—,
al alejarte de la tierra que te vio nacer.
Calculando los baches del camino,
en un equilibrio que a veces daba miedo,
con cada paso que los bueyes daban, temblabas
en un siniestro balanceo hacia tu destino final.
Niños en la trilla
En aquel tiovivo —que nunca conocimos—,
girábamos felices bajo el sol de agosto.
Nuestra risa era, la risa de la era,
la que llenaba de grano los costales y de paja el pajar.
El sol, que quebraba las espigas,
se alzaba Señor de nuestra infancia,
gobernando a su antojo
sin que nadie se atreviera a discutir con él,
a levantarle la voz.
El tiempo se tumbaba, se adormecía:
¡el tiempo allí no tenía prisa!,
se podía dormir en los laureles.
Y si a veces silbaba
era sólo por matar el tiempo.
Dóciles,
como las bestias que arrastraban los pesados trillos,
¡cuántas vueltas le dimos a la parva!,
—no enseñaban a contarlas en la escuela—,
esperando el grito salvador del amo
que ordenaba, luego, detener la jera.
Al cabo, cuando ya los montones no lo eran,
brincábamos en las redes sobre el carro
encalcando la paja, tragando polvo,
hasta que su insaciable panza se quedaba llena.
Familia aventando la parva
Un grito anunciaba que el aire soplaba de «arriba»,
y empezaba el divorcio del grano y la paja;
aquellos que un día —sin saberse enemigos—,
se engañaron llamándose espigas.
Madrugaban entonces las briendas,
y puestos en fila, arañaban la parva, rogando
que no cambiara de bando el aire de «arriba».
Las zarandas cribaban la granza:
¡el muelo crecía!, y, ochava tras ochava,
el grano colmaba el costal del amo.
En la era quedaba la paja: él no la quería;
y la muña, que el viento arrastraba,
ensuciaba el agua del pozo.
Un comentario
Estampas de Verano
(impresiones de un poema de ANTONIO LUIS VICENTE CANELA)
Me encanta el poema Verano, que con razón ha ganado el premio de poesía Constancio Zamora en Viladecans. Leer sus cinco partes es como mirar cinco cuadros de una exposición sobre la siega: 1. Hombres segando, 2. Mujer atando trigo, 3. El acarreo, 4. Niños en la trilla, 5. Familia aventando la parva.
La lectura de Hombres segando me provoca una impresión casi pictórica:
Caminas encorvado, casi a rastras
empujando como puedes tu miseria.
Y cantas esa canción triste
que acompañas con los secos redobles de tu hoz.
La segunda parte es Mujer atando trigo, es visual como una pintura modernista; hace metáforas con los verbos: encarcela, con los nombres: arnés, cintura.
Su cuerpo se inclina y se levanta
se inclina diez veces, cien, tal vez ninguna.
Arrejunta la espiga y la encarcela
colocándole un arnés en la cintura.
En la tercera parte con sabor añejo, El acarreo, el carro es como un amigo al que se trata de tú, con la segunda persona.
Calculando los baches del camino
en un equilibrio que a veces daba miedo
con cada paso que los bueyes daban, temblabas
en un siniestro balanceo hasta tu destino final.
En la estrofa aparece la palabra estiba (acomodar los haces en la carreta), una de esas palabras olvidadas en un rincón del diccionario. Se nos pierden las palabras del campo, esa tierra rural que va quedando vacía, engullidas por el lenguaje del whatsapp, por el idioma de la ciudad, el asfalto y los edificios de cemento, aluminio y cristal.
La cuarta parte, Niños en la trilla, es la más larga, con tres versos consigue trasladarnos al tiempo de la niñez, donde los días, las semanas y los meses se ensanchan como los días de verano.
El tiempo se tumbaba, se adormecía;
el tiempo allí no tiene prisa
se podía dormir en los laureles.
En un verso aparece otra expresión casi desaparecida, detener la jera: parar de trabajar.
Con la última parte, Familia aventando la parva, termina el poema y el ciclo de la siega. Se nos recuerda el trabajo de padres, hijos y abuelos. Laboraban en la siega durante toda la vida.
Las zarandas cribaban la granza
el muelo crecía y ochava tras ochava
el grano colmaba el costal del amo.
Zaranda es un cedazo, de esa palabra proviene zarandear, parva es la mies tendida en el suelo, cuando aún no está separado el grano de la paja. El muelo es montón. Hace años estas palabras, hoy en las estanterías del olvido, formaban parte del lenguaje popular de cada día, heredado de los romanos, de los árabes, de los griegos.
El poema Verano tiene la inmensa virtud de convertir en poesía la memoria de la siega, la memoria social del jornalero, del duro trabajo colectivo. Lo hace con ritmo narrativo en sus más de noventa versos, con constante brillantez descriptiva.
En los feraces surcos dejaba los suspiros
que el mediodía tejió bajo una encina,
Y gotas de sudor que olían a hembra.
El poema Verano, suma a sus excelencias poéticas, la virtud de devolvernos la memoria de las palabras que si no se usan se olvidan y acaban por desaparecer. Proporciona un viaje poético por el tiempo, un soplo que aviva las brasas de las viejas voces que, como en la creación del mundo, pusieron nombre a cada acción, persona, animal o cosa.
José Luis Atienza Ferrero, periodista y escritor