LO INEVITABLE
Ya no riman los poetas
Un destino diferente
Día de mercado
La saeta
En recuerdo de Antonio Belda
Cuando dejamos de vagar
VERANO
A mi padre
El volcán
L´Estruendu
SOLEDAD DE FLORES MUERTAS
LA ESTELA
Tiempos de amor, honor y guerra en el Bierzo
La higuera
Aprehender el tiempo
Mi casa
El héroe en la batalla
Las mariposas del río
Ese mundo…ya no está
El río
Seis octavas para un recuerdo
Solo te recito un verso
Cántaros y agua
«Ocurrió en un mes de octubre...»
Castilla
Estaba tan cerca
La silla vacía: En recuerdo de Pepe Fuster
PRIMER PREMIO EN EL XVIII CERTAMEN NACIONAL DE POESÍA
«FERMÍN LIMORTE».
LO INEVITABLE
Los últimos renglones
Será que ya navego río abajo
—muy cerca de la desembocadura—,
y esta alforja con la que ahora viajo,
afrontando mi última singladura,
no me alienta a tomar ningún atajo
y me aboca a la senda más segura.
Y cuanto menos queda por decir
siento más cerca la hora de partir.
Ya no quiero escapar de aquél lenguaje
por el que puedo transitar sereno.
Solamente quiero ser manso estiaje;
y aunque a mi alrededor se escuche el trueno,
da a mi pluma, y a mi corazón, coraje
y que al fondo del río caiga el cieno.
Déjame, después, que salga a la mar,
y hazme con suave viento navegar.
Que otros muchos retuerzan su sentido,
y que, ciegos, ignoren su tormento:
no encontrarán en mí eco ni descuido
ante su voz de auxilio, su lamento;
ni escorado mi barco, ni vencido,
si, fiel a su capricho, rola el viento.
Pues, poco suele errar el timonel
si acata la maniobra del proel.
Y cuando, sin timón y sin gobierno,
decida, al fin, mi nave arriar su enseña
y asomarse a las puertas del infierno,
recuérdale que solo el que desdeña
el miedo ante las llamas del averno
logra la paz, si de verdad se empeña.
Y deja que sean los tiburones
los que escriban los últimos renglones.
Me cansé de luchar
Hoy ya no aspiro a comprender las cosas:
ni a juzgar de qué lado sopla el viento,
si no veo volar las mariposas
y contemplo su infausto movimiento
—que va de las espinas a las rosas—,
dibujando en el aire su lamento.
Artesanas tenaces de un telar
donde teje, impreciso, su vagar.
Prisionero de ideas que atenazan
la voluntad —y me hacen fugitivo—,
al tiempo que enmascaran y disfrazan
mis palabras como actos de un furtivo,
y con grilletes rígidos me abrazan
para mantener mi ánimo cautivo.
Y tratan de postrarme ante el altar,
sin apenas dejarme respirar.
Al recorrer el trecho que me resta,
no puedo desprenderme del camino,
y trato de enfilar la última cuesta
—sin desertar apenas del destino—
para bailar la música que orquesta
un ave que, fatal, lanza su trino.
Dejando entre las garras del azar
lo que me queda aún por caminar.
Me abandonó el valor —hace ya tiempo—,
para no dar más vueltas a la noria:
rastrear el silbido que hace el viento
en lugar de a la triste zanahoria.
Allí se pudrirá mi último aliento:
mi postrer epopeya giratoria.
Y quedarán, así, en imaginar
las que fueron mis ansias de volar
Tendrá que ser, pues, suya la victoria,
si , como yo, rehuimos el combate.
Y sin héroe al que otorgar la gloria
—que asalte las murallas con su embate—,
otro vendrá que escribirá la historia,
y su hazaña será la que relate.
Y así, mientras dejamos de remar,
nos arrastra la marea hacia el mar.
Y puede que algún día, en cualquier playa
—con el firme gobierno de un atlante—,
avizore el vigía en la atalaya
cómo arriban, con viento de levante,
aquellos versos que hoy la muerte acalla,
poniendo fin a su destino errante,
vencedores de su última batalla.
Y el poeta —que no supo luchar—,
podrá, así, finalmente descansar.
Los versos a los que renuncié
Suelen ya ser mis tardes perezosas
en esta soledad en la que vivo,
sentado frente al fuego, sin motivo
para preocuparme de las cosas.
Cesaron las razones poderosas
que mantuvieron mi ánimo cautivo,
girando como vueltas de un tiovivo,
que siempre se creyeron afanosas.
Es ya mi único oficio el recordar
—de vez en cuando alimentar la lumbre—,
y hacerlo cada vez con más cautela,
pues lleva aparejado el olvidar,
y terminar, así, en la pesadumbre
de ver tan solo el barco y no la estela.
Recito, luego, versos de un poeta
al que ya no reconozco; y al leerlos,
no encuentro el afán para poseerlos
en el débil trazo de su silueta.
Es más profunda cada vez la grieta,
y no le espanta a mi ánimo perderlos:
sin razones ya para defenderlos
ni valor que su defensa acometa.
No ansiaron inventar otro destino
que brillar en el cielo a toda costa,
y empeñarse en su afán por perdurar.
Al final, se alejaron del camino
y tomaron la senda más angosta
que los abandonó en medio del mar.
Y ¿qué queda, después de tanto tiempo,
si cesa el poeta en su poesía?
Solo ruido: una muda algarabía
que apenas si alimenta al sentimiento.
Versos que por el lodo arrastró el viento
que, malherido, en su dolor rugía;
y aprovechándose de su atonía
los sometía, cruel, a su tormento.
Luego, los abandonaba, inservibles,
en el rincón más oscuro y apartado,
evitando que pudieran salir.
Y aquellos que, creyéndose invencibles,
rechazaron tomar todo cuidado,
el instante, afrontaban, de morir.
Yacerán, en el barro, sepultados,
desafiando a ese tiempo que los niega;
y, quizá, si la lluvia los anega
se rediman al fin de sus pecados.
Y espigándose, cual niños malcriados,
aguardarán impacientes la entrega
al ánimo falaz del estratega
que los quiera de nuevo encadenados.
Pero, ni ese color de primavera
verán mis ojos, ni esos esos brotes
endulzarán el aire de mi huerto.
Estaré ya detrás de la frontera
que nunca necesita de barrotes:
la que solo se cruza si estás muerto.
La muerte del poeta
Deja el poeta atrás en su amargura
los versos que nadie quiso cantar,
al tiempo que se envuelve en su locura
tratando, inútilmente, de olvidar
aquella vereda, lóbrega y oscura,
de estelas imposibles en la mar.
Mientras tanto, furioso, ruge el viento,
y a jirones le arranca el sentimiento.
Con su valor quebrado por los años,
y su bolsa de afanes ya vacía,
atando como puede los apaños
se dispone a marchar en su porfía
rehusando torcer con más engaños
la que será, quizá, su última vía.
Y ahuyenta la fe del pensamiento
consciente de que se le agota el tiempo.
Avanza como puede, recordando
las veces en que equivocó el camino:
¡todas las veces que cambió de bando!,
confundiendo su miedo y su destino,
y se justificaba argumentando
lo cruel y despiadado de su sino.
Y la palabra, que fue su portento,
permanece hoy cautiva de su aliento.
Siente que ya se acaba su existencia,
e insiste, irrelevante, en su pecado
de rogar ante los dioses clemencia;
y a pesar de sentirse rechazado,
no acepta claudicar ante la ausencia
y dejar que lo arrastre hacia su lado.
Y, febril, lanza al aire su lamento
buscando sin cesar un nuevo adviento.
Sabe que solo afrontará el instante
de enfrentarse a su trágico destino;
y en su ineficaz huida hacia adelante
—tratando de eludir a su asesino—,
marchando a pasos torpes de gigante
intenta abandonar aquel camino.
Suplicando que acabe su tormento
cuando advierte ya, su último momento.
Y rebotará en el ángulo agudo
de todas las esquinas del desierto,
su voz; pero será su grito mudo,
y su anhelo, y su afán, quedará incierto;
dejando sobre el cuerpo ya desnudo,
que se pueda oír el estertor del muerto.
Y sin necesidad de otro argumento,
el poeta mudará tono y acento.
Será su funeral un plebiscito
donde a la tumba arrojen papeletas
que con gesto serio y ademán contrito,
plasmen versos escritos por poetas
perdonando así su postrer delito:
la insufrible altivez de los ascetas.
Y oculto por la losa de cemento
quedará para siempre su talento.
2 respuestas
Tremendo y magnífico como siempre mi querido amigo. Un gran abrazo
Cuando pienso en que tus comienzos en la rima fueron con aquellos trece macarrones que nos encontramos sobre cinco teclas de un piano, me impresiona mucho más tu progreso.
¡Enhorabuena, amigo!