Lun 22 junio 2020
RESIDENCIAS: LA SOLUCIÓN O LA ÚNICA SOLUCIÓN
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Siempre que a alguien se le ponen delante sus vergüenzas reacciona de manera parecida: negándolo todo; reconociéndolo, pero matizando que la culpa no es suya; reconociéndolo abiertamente y asumiendo sus responsabilidades.

La Historia que nos han contado, no es una historia de éxitos. Normalmente es el relato de las soluciones que se aplicaron – unas veces con éxito y otras no tanto –, a problemas que casi siempre nos cogieron desprevenidos, o no suficientemente preparados. Muchos de esos fracasos se derivaban de querer utilizar soluciones antiguas para problemas que eran nuevos. ¿Y eso por qué?, preguntará usted. ¿Por qué no pueden preverse las cosas de manera que no nos cojan desprevenidos? Bien, platéese usted un ejemplo sencillo de cualquier actividad personal. Por ejemplo un viaje a Iberoamérica (perdón se me ha escapado, quise decir al continente que separa el Atlántico del Pacifico). Usted puede prever, mediante la contratación de un seguro, muchas contingencias; puede también elegir la época del año para evitar en lo posible ciertas catástrofes naturales; puede incluso diseñar el recorrido, evitando zonas que considere peligrosas para su seguridad. Pero, aun así, no podrá prever la totalidad de los riesgos que un viaje como ese implica, porque ha elegido un modelo acuñado por la civilización del momento en el que le ha tocado existir, y asume voluntariamente los riesgos que se derivan de ese modelo sin cuestionarlo demasiado. ¿Quiere eso decir que estamos haciendo algo mal? Ni mucho menos. Estamos diseñados para vivir de esa manera. Si no, nunca habríamos bajado de los árboles por miedo a ser la cena de una fiera y seguiríamos comiendo hojas verdes.

Hoy, tras el dolor de la muerte de muchos ancianos en las residencias, se eleva, casi como clamor social, la pregunta de si pudo haberse evitado, aunque yo creo que lo que realmente subyace en la pregunta es: ¿son estas residencias de ancianos la mejor solución para terminar nuestros días? Y aquí, querido lector, enlazamos con lo expuesto anteriormente: el modelo elegido para ese “viaje” no es tanto una decisión propia como una consecuencia del momento en el que nos ha tocado existir. Por supuesto que las residencias no son la mejor solución. Es, una vez más, un asunto que cogió desprevenida a una sociedad que había cambiado radicalmente sus usos y costumbres, e hizo lo que pudo.

El problema es asimétrico – si usted no introduce hoy el concepto de asimetría en un artículo, su valor intelectual será escasísimo -. Ciñámonos al contexto que conocemos, ya que al generalizar, además de caer en el eurocentrismo, nos equivocaremos. La sociedad española no hace tanto tiempo que pasó de ser rural a ser mayoritariamente urbana. Los modelos de ciudad se concretaron en un tipo de vivienda que denominamos vertical, y en los casos de vivienda horizontal, en casas con muchísimas barreras arquitectónicas. Paralela a la urbanización, aumentó la esperanza de vida, consecuencia a su vez de eficaces sistemas higiénico-sanitarios. Y, lo más importante de todo: la incorporación masiva de la mujer al trabajo remunerado. Resulta pues que los ancianos a los que la medicina prolonga la vida, no pueden salir de casa o desenvolverse en ella, porque las viviendas de las ciudades no tienen las condiciones geriátricas necesarias. Además, como sus hijas, que eran las que los cuidaban, ya no están en casa porque se han incorporado al mercado de trabajo, no hay quien se ocupe de ellos. Y aparece un nuevo vértice en el polígono para acentuar la asimetría: la posibilidad, o no, de pagar cuidadores, o sea el nivel de ingresos. ¿Usted qué piensa? ¿Se previó, o no se previó el problema? Las residencias, amigo mío, no fueron la mejor solución: fueron la única solución posible, que no es lo mismo.

Y de repente, en el “viaje” surgió un problema que el seguro no cubría; que no estaba previsto. Y la cosa se nos fue de las manos. Nos dimos cuenta de que habíamos recurrido a un modelo inestable, que podía explosionar con mucha facilidad y que no teníamos el código para desactivar la bomba. Y, al contrario de lo que pasa en las películas, donde el agente secreto corta siempre el cable correcto – rojo o azul, ¿no les resulta raro que nunca sea amarillo o morado? – la bomba explosionó y nos llenó a todos de mierda.

Concluyo. Yo no tengo la solución – no se deje engañar, nadie la tiene -, porque la solución a problemas que son generales simplemente por que acumulan problemas individuales, solo lo será en la medida que satisfaga su caso concreto.

 

 

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