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Nunca tuvo más sentido la frase (falsamente atribuida a Groucho Marx), «estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros». Que la cita sea, o no, suya, es lo de menos para lo que aquí nos interesa; al fin y al cabo, las leyendas urbanas acaban por crear corrientes de opinión al margen de su veracidad. Yo les confieso que siempre he sido más de «donde dije digo…», me parece una frase más nuestra, más de aquí. Pero, quédense con la que quieran; son ustedes muy dueños.

Así, los españolitos de a pie transitamos como podemos por este final de verano en el que tal parece que todas las desgracias posibles se hayan dado cita, y tratamos de «digerir» unos telediarios que nos llevan de terremotos a DANAS que provocan inundaciones terribles, porque ahora nos damos cuenta de que la avaricia de muchos, con la corrupta actuación de otros tantos, llevó a permitir edificar en zonas en las que jamás se debería de haber construido. Pero bueno, siempre está ahí el «cambio climático», que es ya una especie de cajón de sastre donde cabe todo. Mientras tanto, la marea sigue arrojando a las playas de Europa a cientos de migrantes con los que nadie sabe qué hacer, y continúa la guerra de Ucrania, en la que —recordemos—, empezamos enviando ambulancias y ya vamos por misiles de largo alcance. Ya lo dijo Biden (o quizá no): «Lucharemos hasta el último ucraniano».

Una cosa nueva ha sido la a crisis en el fútbol femenino. Yo no soy muy futbolero, pero me gusta ver jugar a nuestra Selección, sea masculina o femenina, y confieso que me abochorné durante la entrega de medallas. De hecho, estábamos mi mujer y yo viéndola en la tele y, la verdad, es que yo no reparé en un primer momento en el asunto del beso, pero le dije a mi mujer «me parece que se está pasando el presidente de la Federación con esos abrazos a las jugadoras».

En un escenario más local, asistimos a la propuesta de leyes urgentes: ¡urgentísimas!, sin las que ¡oiga! no sabemos cómo hemos podido vivir hasta hoy; eso sí, sin debate ¿para qué?, en el fondo, todos sabemos que el debate, si alguien tiene la sartén por el mango, no es más que una escenificación inevitable que forma parte del juego, pero que no decide nunca el resultado de la partida.

Son también días de pactos: pactos posibles y pactos imposibles; pactos vergonzosos, pactos sorprendentes, en definitiva: pactos. Que eso que denominamos «clase política» está dispuesta a todo por alcanzar o conservar el poder, no es nada nuevo, ni que deba sorprendernos. Un vistazo, no demasiado profundo, a la Historia evidencia que sin ellos, sin sus pactos, no hubiera sido posible gobernar. Pero quizá en esta ocasión se esté llegando demasiado lejos.

Francamente, no sé cómo se puede justificar que los dos partidos políticos que aspiran a gobernar España, lleguen a reunirse o intenten llegar a acuerdos con un prófugo de la justicia, condenado por los tribunales, que «ainda máis» demostró que es «un hombre de palabra» al huir (vamos a obviar lo del maletero) dejando tirados a sus camaradas con un «nos vemos mañana en el despacho». No parece alguien muy fiable, ¿no?

Y en el centro de todo esa apelación constante, por parte de unos y otros, a la Constitución, como si ésta fuera una especie de piedra filosofal capaz de convertir en democrático aquello que claramente no lo es. Sí, claro, me refiero a la amnistía, ¿a qué si no? Me recuerda a aquellas maletas sobre las que presionábamos con la rodilla intentando cerrar la cremallera hasta que, al final, la cremallera reventaba. Y es que la Constitución, además de estar sujeta a la interpretación de un tribunal, es, como cualquier obra humana, perfectible; ¡precisamente por eso: por qué es humana!, y si a la democracia que sustenta se le está inundando la sentina, a lo mejor ha llegado el momento de calafatear.

2 respuestas

  1. El repaso a la actualidad es mucho más agradable hacerlo de tu mano, que de los periódicos e informativos. Al menos uno disfruta leyendo tus artículos y, con frecuencia, nos haces reir. Muchas gracias. Un abrazo.

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