FILOMENA: EL FIN DE UN MITO

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Dicen los diccionarios etimológicos que Filomena significa, entre otras cosas, “aquella que ama la música”. Bueno, será verdad. Pero a mí Filomena me suena más a musa de Botero, a Maja Desnuda o a Gracia de Rubén. Me suena a dueña de pensión de los setenta en el barrio antiguo de cualquier ciudad de España; pensiones de camas altas, con cabeceros de metal, somier de muelles y sábanas de algodón. En cualquier caso me suena a generosidad.

Yo me la imagino gruesa, con hechuras de Amarcord de Fellini. Ubérrima en los sentimientos y un poco picarona. Sus amigos, los íntimos, la llamarán Filo, y en las tardes de agosto, sentada en una mecedora frente al balcón abierto de par en par y protegida por la semipenumbra de la persiana, puede escucharse el ruido del abanico golpeando rítmicamente sobre su pecho por encima del escote del vestido.

Ahora, Filomena es una borrasca. Incluso he leído (no se sorprendan, o sí, como ustedes quieran), que es una borrasca patriarcal, porque su nombre se lo debe, no a la alternancia de nombres masculinos y femeninos en la designación de DANAS, ciclones, ciclogénesis y demás fenómenos, logro indiscutible en la conquista de la paridad y que colmó las aspiraciones de tantos…y tantas, sino al torticero afán de oscuras fuerzas de identificar la devastación con lo femenino: ¡Pásmense ustedes!

Pero Filomena pasará a los anales, sobre todo, por haber desterrado un mito; quizá el último bastión que se resistía a caer desde que, en un cada vez más lejano 1978, la Transición alumbró el solar patrio, y que ¡por fin!, se ha demostrado que era una “feiknius”. No, señores, no: con Franco no nevaba más.

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