Los Reyes Magos y el anarquismo

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Bueno, pues no, no nos tocó la lotería. Y, en este caso, el plural no es mayestático. Ya saben ustedes lo que dicen los que nos escarban la mente para encontrar esa basurilla que dicen que todos tenemos: que la Lotería de Navidad es algo a lo que siempre nos referimos en plural, porque jugamos en grupo, ya que no soportaríamos que a las personas de nuestro entorno les tocara y a nosotros no. Por algo la envidia es uno de nuestros pecados capitales.

Pero a pesar de todo —y de todos—, llega  la Navidad. Y llega, como siempre, cargada de ilusiones y de angustia. Ilusión por los regalos que se piden en la Carta a los Reyes (o la variante que quiera, que es usted muy libre), a pesar de que, ya desde pequeñito, te obligan a «recortar» tus expectativas en lo que a regalos se refiere, conduciéndote hacia lo que te espera en la vida. Y es que, en definitiva, lo que llamamos educación, (los pedantes dicen acervo cultural), no es más que un denodado esfuerzo para que puedas sobrevivir en el momento en el que otros han decidido que aparezcas en este mundo.

La angustia es por si, de alguna manera que nunca queda muy clara, se enteran SS.MM., de que te has portado mal —alusión orwelliana que tampoco es baladí—. Y la amenaza se concreta en la reducción, y en los casos más extremos ausencia total, de regalos y su sustitución por carbón. Aunque, ¿quién nos iba a decir que un día sería un chollo que los Reyes te trajeran carbón?

Creo que mi primer pensamiento escéptico, fue sobre esa supuesta  capacidad de los Magos de  Oriente para repartir los regalos en la noche de Reyes. Yo no tendría más allá de seis o siete años,  pero empecé a darle vueltas al asunto y, aunque seguramente todavía contaba con los dedos,  pensé: «algo no cuadra». Quizá por ello, con los años, me he vuelto aún más escéptico, no sólo con las monarquías, si no con cualquier otro sistema de gobierno que prometa algo que no pueda cumplir.  En definitiva: con todos los gobiernos. Y sigo pensando: «algo no cuadra».

A estas alturas de la película, cuando ya uno rueda cuesta abajo, estoy convencido de que el estado ideal del individuo sería el anarquismo. Lo malo es que el anarquismo solo es posible en un marco teórico. Luego, en la realidad, como dice mi mujer, «Lo mío es sólo mío y lo tuyo de los dos»; aforismo que sustancia las políticas de cualquier sistema recaudatorio, sin importar el régimen político  que lo sustente. Además, de ser anarquista yo sería de los de zamarra de cuero y barba de dos días,  tipo Durruti, para entendernos. Y ahora lo que está de moda es el ecoanarquismo, que es más tirando a Proudhon. El ecoanarquismo es, usando una analogía (que eso siempre viste mucho y le da empaque al artículo),  como aquella puta que le preguntaba a una compañera de oficio que qué era el pene, y la otra le respondió: «Pues es como una polla pero más blando».

¡Feliz Navidad!

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