Los Cinco

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Me desayuno con la noticia de que se va a publicar una nueva edición de Los Cinco, pero ahora ya «bien escrita»; porque, según parece, cuando Enid Blyton escribió la serie, entre los años cuarenta y sesenta del siglo pasado, cometió el terrible pecado de ignorar la teoría Queer.

Como no pudieron preguntarle a la escritora, por razones obvias, lo hicieron con sus herederos, ¿…? que han dicho que sí, que están de acuerdo con embolsarse una pasta por los derechos de la nueva edición y que si hay que poner o quitar alguna cosilla…pues se hace y ya está.

Yo —al igual que muchos otros adolescentes de mi generación—, pasé muy buenos ratos en compañía de los cinco. Aprendí muchas cosas, sobre todo que en la «Pérfida Albión» no se merendaba igual que en España, y se me hacía la boca agua con la descripción de aquellos banquetes.

Es, simplemente, estúpido reescribir lo ya escrito por alguien; esculpir de nuevo una estatua, modificar un cuadro, y me pregunto qué clase de «escritor» se puede prestar a eso, y de qué autoridad se siente investido para modificar lo que una autora como Enid Blyton escribió. Quiero pensar que será un juntaletras al  que no le quede otro remedio que inclinar la testuz porque «de algo hay que vivir». Mire, eso sí lo entiendo, y lo respeto, porque, como dice mi madre «el hambre es muy mala», y yo no quisiera estar en su pellejo porque, ya digo, es fácil ponerse digno con la cuenta saneada.

Más delito, ¡mucho más delito!, tienen aquellos que en su estulticia se parapetan en una soberbia intelectual que los inviste del pírrico poder de decidir sobre lo que era moralmente aceptable y políticamente correcto en 1940/60. Imagino que cuando uno ordena modificar el texto de una escritora como Enid Blyton, es como si se estuviera corriendo de gusto. Algo así como cuando Miguel Ángel golpeó su “Moisés” y le ordenó: “habla perro”,  incapaz de soportar la perfección de su propia obra.

El asunto de la interpretación de cualquier situación, hecho o acontecimiento de la Historia con parámetros actuales es de una necedad tal que invalida a cualquiera que participe en él. No es sólo que ya Orwell pusiera negro sobre blanco los riesgos de un pensamiento totalitario que sólo permite una interpretación de los hechos: la propia. Si no que abandona la única vía posible para el análisis objetivo: admitir que ocurrieron.

La historia reciente —no hay que alejarse en el tiempo—, está llena de lo que se ha dado en denominar «negacionismo». El negacionista, niega, algo que a él le molesta que haya ocurrido, o que lo haya hecho de una manera determinada.  Lo cual no quiere decir, lógicamente, que no haya ocurrido así, ya que a pesar de su contumacia, el negacionista no puede modificar el pasado.

Así que, guarden ustedes sus ejemplares de El Quijote, porque me temo que, cuando «ordenen» su rescritura, Aldonza lorenzo será la «dama de la triste figura», cabalgará lomos de una yegua y lo hará seguida de cerca por Teresa panza.

Cosas veredes

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