Lun 11 mayo 2020
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Si abren ustedes cualquier periódico estos días, encontrarán abundantes artículos sobre cómo será la vida después de la Pandemia. Esto responde a esa necesidad del ser humano que le impulsa a pasarse la mayor parte de la vida preocupándose más del futuro que del presente. Bueno, luego están los que sólo se ocupan y preocupan por el pasado. Y no es que esté mal ocuparse del pasado. Decía Ortega que “Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre que vuelve al galope. El pasado no está ahí y no se ha tomado el trabajo de pasar para que para que lo neguemos, sino para que lo integremos. Con el pasado no se lucha cuerpo a cuerpo. El porvenir lo vence porque se lo traga. Como deje algo de él fuera, está perdido”. Reflexión esta que daría, no ya para un artículo, sino para una tesis. Sin embargo, esa afición nuestra a los grandes cambios, preferentemente drásticos, obedece más a un afán personal que a otra cosa, y está generalmente trufada de oscuros sentimientos milenaristas.

Creo que convendrán ustedes conmigo que el primer gran cambio en la historia de la Humanidad (de la parte de Acá) fue la expulsión del Paraíso. Si en aquella época hubiera habido sociólogos, psicólogos y economistas a los que ávidos plumillas hubieran aventado, los titulares hubieran sido algo así: “La vida de pareja fuera del Paraíso: un antes y un después”. “Adán y Eva: un nuevo destino para la Humanidad”. “Las relaciones interpersonales tras la Expulsión”.

El segundo gran cambio lo protagonizó (varios cientos de miles de años después) Noé, apoyado por una DANA como no se ha conocido otra en la historia de la tierra. La cosa estuvo a punto de joderse definitivamente, pero una paloma (sí, igual que esas que ahora no sabemos cómo echar de las ciudades porque nos llenan de cagarrutas los monumentos), activó el GPS y sacó de nuevo adelante a la Humanidad. Nuevamente los titulares habrían sido jugosos: “Un nuevo desafío: cómo recuperar la economía global tras el Diluvio”. “La redistribución de las especies en el nuevo mundo: un reto para la ecología”. “La vida después del Arca: ¿Habremos aprendido algo?”

Pero Noé no fue sino esa necesidad de empezar de cero que todo ser humano siente alguna vez en su vida: irse a una nueva tierra donde nadie le conozca, donde sus pecados ya no lo sean porque ningún confesor los ha oído. Eso que para los hombres es coger “el último tren” y para la mujeres “encontrar un tiempo para mi sola”. Noé era el caos previo y necesario para el nuevo orden (casi iba a escribir “Nueva Normalidad”, menos mal que me ha saltado el aviso de virus en el ordenador). Él, como tenía enchufe con Dios, aunque no tenía “equipo de expertos”, se preparó a conciencia, y, ¡oye!, le salió bien. Y no se crean ustedes que cambios, lo que se dice cambios, ha habido muchos más. Porque cuando el Divino Hacedor mandó a su hijo a la tierra, hombre muy bien, no le salió.

Las crisis, querido lector, precipitan los cambios, los aceleran, pero raramente son su génesis. Son más bien el taponazo en el techo que pega el corcho de la botella de cava. ¿O no era obvio que el modelo de ciudad del mundo civilizado (nuevamente el de Acá) estaba ya en crisis? ¿O que el planeta comenzaba a supurar por algunos de sus poros? La pandemia del coronavirus solo lo ha hecho más evidente. Sobre todo porque, aparte de la tragedia que suponen las víctimas, en el caso de las ciudades ha afectado a la convivencia, y hablar de ciudad es hablar de civilización, y civilización es antes que nada convivencia.

Los diferentes modelos de ciudad a lo largo de la historia han sido el ejemplo más palmario de las sociedades que las habitaban, y las crisis hicieron que se adaptaran a las nuevas necesidades, de seguridad, de higiene, económicas etc. Se amurallaron para defenderse; crearon ágoras para debatir y comerciar; estrecharon sus calles hasta que solo una persona fuera capaz de transitarlas o se distribuyeron en dameros hipodámicos. Se reinventaron durante la industrialización con los “ensanches”, y crecieron después hacia el cielo en ese afán babeliano aún no superado por el hombre.

Pero cada vez que se mueve una pieza en el tablero de ajedrez, afecta a todas las demás piezas: propias y del oponente. Afecta, en definitiva, a la partida. Ahora solo se habla de nuevas formas de vida, en ciudades más amables y solidarias; de una economía de proximidad de “desglobalizar”… ¡Mucho cuidado! porque las medidas que ahora se esgrimen en beneficio de ese “mundo nuevo” y supuestamente mejor, pueden acabar beneficiando tan solo a las élites económicas, únicas que podrían seguir consumiendo, viajando y gastando sin importar el precio. Del mismo modo, un elevado – y prolongado – nivel de proteccionismo estatal perjudicaría a la recuperación económica.

Sin duda todas estas decisiones no son fáciles: nadie en sus cabales lo puede dudar. Pero desde mi punto de vista es un error de los líderes, refugiarse constantemente en que se toman avaladas por los expertos, que deben ser, sí, asesores pero nunca decisores. La decisión siempre es y debe ser, política.

 

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