Auschwitz

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Aprovechando una breve visita a Cracovia, me acerqué hasta Auschwitz. No puedo negar que a pesar del tiempo transcurrido desde El Holocausto, y de todo lo que uno ha leído sobre el mismo, los Campos siguen impresionando, y eso que no era el primero que visitaba y que a mí en particular la estética cuartelera no me resulta desconocida, ni me produce rechazo. La verdad es que, a la vista de una realidad como aquella, no sé cómo puede haber negacionistas de la tragedia.

Pero vayamos a la parte que más me interesa del asunto. La primera reflexión que se me vino a la mente fue la de la ligereza con la que utilizamos determinadas palabras hoy día. A alguien que discrepa de una opinión o que mantiene una posición contraria a la nuestra, lo llamamos sin empacho nazi o fascista; ¿nazi? ¿Qué queremos decir, que esa persona seria capaz de llevar a cabo, o participar, o tolerar algo como el exterminio de los judíos? Al mismo tiempo confiamos tanto en el barniz cultural de la civilización sobre el ser humano, que creemos imposible que una barbaridad como aquella vuelva a repetirse. Imagino que en 1992 muchos pensaban lo mismo en la ex Yugoeslavia y en el resto de Europa.

Pues el cóctel sigue siendo el mismo: tómese una ideología supremacista, superpóngasele una organización paramilitar y agítese con la eficacia de un pueblo laborioso y trabajador. Seguramente las formas no serían las mismas, de hecho no lo fueron en la guerra de los Balcanes, pero, sin llegar la sistematización de la crueldad en el exterminio que supusieron los campos de concentración alemanes, hubo matanzas como la de Srebrenica con resultados parecidos.

La guía que nos condujo por los Campos (Auschwizt y Birkenau) sobreactuaba un poco para mi gusto. La tragedia se evidencia por si misma sin necesidad de que le añadamos un tono lastimero a la explicación. Nos acompañaban también varios niños en la visita, y no pude evitar pensar en cómo habrían vivido ellos todo aquello.

Yo aguanté bastante bien hasta el final, pero ya en la puerta de salida, bajo el “Arbeit mach frei”, había un grupo de judíos de todas las edades envueltos en banderas de Israel (los varones con el kipá), cantando algo que obviamente no entendía, pero que sonaba de una manera especial. Ahí me emocioné.

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