¿EUROPA?

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Primero fallaron las instituciones supranacionales europeas; pero yo no me preocupé porque no me sentía europeo. Luego falló el gobierno del Estado; pero a mí me dio igual porque yo no me identificaba con la nación. Después le pasó lo mismo a las instituciones autonómicas; pero yo no me creí afectado porque para mí la autonomía era algo irreal. Al final, fueron los ayuntamientos los que tampoco pudieron con el problema; pero yo no me di por aludido porque vivía en una casa alejada del centro de la ciudad. Cuando ya me vi solo, me di cuenta de que en realidad, yo me había fallado a mí mismo.

Pido perdón por intentar emular – toscamente – el poema atribuido a Bertolt Brecht.

Al igual que el personaje del poema, Europa no acaba de creer en sí misma. O tal vez sea, como dice un politólogo amigo mío, que en el fondo el verdadero himno de Europa es: A la mierda, a la mierda, todos menos los de mi cueva.

A España se lo ha dejado claro, una vez más: solo me interesa tu sol, tu playa y tu cerveza barata. Tus verduras y frutas, siempre que no compitan en exceso con las mías. Tus fiestas para que mis Erasmus se relajen durante un año y conozcan de primera mano el indolente Sur. Tus mil kilómetros de piel de toro que alejen de mi puerta ese volcán de lava subsahariana con el que tampoco he sabido lidiar.

Europa aplica de nuevo, sí, otra vez, los conceptos que Max Weber analizó en su Ética Protestante y Espíritu del Capitalismo, y que en sagrada comunión entre protestantismo y calvinismo, no dejan otro camino expedito para el ser humano que lograr la mayor acumulación de riqueza posible mediante el trabajo y la austeridad. Y está harta de explicarle a España que necesita aplicar permanentemente una suerte de “Efecto Mateo” económico, porque ya se sabe que “dinero llama a dinero”. Y si no lo tiene, pues está dispuesta a dejárselo, pero Europa sabe que España es como Bassanio, el personaje de El mercader de Venecia: noble pero pobre, y quiere que el dinero pedido por Antonio, sea avalado por una libra de carne de la parte del corazón.

Esperemos que a Europa le ocurra como al avaricioso Shylock, y se encuentre frente a un juez justo que le impida derramar una sola gota de sangre al cobrarse la deuda.

 

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