EXÁMENES PATRIOTICOS

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Leo en las noticias  de hoy 7 de noviembre, que la Asamblea de Estudiantes de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de Barcelona (ETSEIB) “reclama” a sus profesores comprensión para sus presuntas malas notas en los exámenes parciales que se avecinan, ya que el origen de las mismas no será otro que haber dedicado las horas que debieron ser de estudio a la “defensa” de Cataluña situándose “en primera línea de la batalla” contra el Estado español. Bueno hasta aquí nada de particular: si cuela. Tampoco creo que debamos rasgarnos las vestiduras porque  el mundo universitario reclame el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo, es un principio económico al que acudimos todos continuamente: está en el instinto de supervivencia.

Pero la “reclamación” me recuerda los “exámenes patrióticos” que tuvieron lugar al finalizar la guerra civil de 1936-39, (Me gusta poner la fecha porque con frecuencia olvidamos que guerras civiles en España ha habido muchas, y algunas no mucho más lejanas que ésta). Yo conocí de la existencia de este particular método de evaluación, cuando de adolescente leí la trilogía de José María Gironella: Los cipreses creen en Dios, Un millón de muertos, y Ha estallado la paz. Uno de los protagonistas, Ignacio Alvear, (creo que ese era su nombre) había luchado el bando nacional, más concretamente encuadrado en una compañía de esquiadores. Al terminar la guerra retomaba los estudios de abogado que había interrumpido y parece que uno podía presentarse de golpe a dos o tres cursos, la consigna era firmar al final de la hoja, manuscrita con mayor o menor acierto (probablemente menor), “Arriba España”: el aprobado estaba garantizado.

Yo pase por la universidad ya entrado en años. Asistía a clase en el turno de la tarde (el de los que trabajaban).  Era recurrente por parte de algunos alumnos exponer en defensa de un bajo rendimiento, incumplimiento de plazos en la presentación de trabajos, etc., el hecho de que tenían que compatibilizar el trabajo y los estudios. Cuando tenía oportunidad, le comentaba a alguno con quien tenía más confianza, que no me parecía una buena estrategia para justificarse, ya que la universidad no estaba pensada inicialmente para combinar trabajo y estudio, eso era un circunstancia personal que el catedrático no podía aceptar para tolerar un menor rendimiento. No sé si convencí a alguno.

Pero como digo, no es la mayor o menor inmadurez de los universitarios al solicitar que se levante la mano, la que me preocupa. Ellos igual que todos los que les han precedido en las aulas tendrán su dosis de realidad cuando se incorporen al mundo real fuera de esa burbuja que es la Universidad. Lo que me inquieta es que conociendo un poco el paño, estoy seguro de que habrá algunos docentes que no vean con malos ojos la “petición viciosa”.

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