Javier Fernández y la batalla de Covadonga

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En su tierra -que es la mía- Javier Fernández es lo que llamamos “un buen paisano”. Pero estos días tiene una papeleta difícil de gestionar.

Cuando en el siglo VIII la morisma trataba de ponernos cinco veces al día mirando hacia la Meca, un líder -también asturiano- les plantó cara y tomó las riendas de la situación. La cosa fue más o menos así.

Pelayo, al regresar a Asturias de un viaje a Córdoba, se encontró con que Munuza, gobernador moro de Gijón, quería convertirse en su cuñado casándose con su hermana Adosinda. Esto no le hizo mucha gracia al noble astur que era algo puntilloso en materia de cuñados, así que puso tierra de por medio y se fue a hacer sidra a Cangas de Onís. El asunto no había hecho más que empezar y el general Alkama, con un ejército completo, se plantó en Covadonga. Cuando estudió sus posibilidades, vio que no estaba nada claro aquello de combatir –y ganar- en el angosto valle. Alkama conocía el poder conciliador de la Iglesia, así que le dijo a Oppas, obispo Sevillano que formaba parte de su séquito, que subiera a convencer a Pelayo de que la violencia solo engendra violencia y que la cosa podía arreglarse mediante el diálogo. Allá que se encaminó Oppas y cuando llegó a la Cueva donde estaban los astures intentó negociar una solución que les apañara a todos, y que incluía una cómoda situación para Pelayo y su familia. Pero Pelayo conocía bien a Oppas, no en vano había sufrido su traición en Guadalete cuando éste abandonó a Rodrigo, pasándose a la “oposición”. Así que Pelayo le dijo a Oppas que NO. El mitrado no se dio por vencido y argumentó sobre la base de la diferencia de fuerzas y el claro desequilibrio de los cristianos. Hasta que, finalmente, ante su insistencia, Pelayo terminó diciéndole: ¿Qué parte del NO, no has entendido?

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